lunes, 27 de febrero de 2012

SE FUGO LA NENA


          Amaneció malhumorada, con el carácter alterado, pasa arrebatada y el patito amarillo que reposa en la mesa de noche, es lanzado sin misericordia contra la pared, en un acto de bravata por los hálitos del ambiente.
          Hoy todo ha sido difícil, sale de carrera al colegio y no quiere que nadie le dirija la palabra, se siente incómoda, la blusa blanca le aprieta y el botón del pecho parece que va a salirse de su lugar. El pantalón le costó un triunfo que ascendiera hasta la cintura, ya que en las caderas no quería dar de si.
          Se esconde del espejo, las greñas alborotadas las acomoda frente a la cara, pero en fin se enfrenta a él. Hay unos granos que relumbran en su frente que le molestan y que trata de destripar con sus pulgares, ah que lata, su bello rostro redondo, rosado de manzanita, ya no es el mismo, sus mejillas se han elongado y la imagen de su cara se ha tornado, quizás seria o a lo mejor madura. Revisa en su interior, algunas confusiones se han dado, ya no piensa en las muñecas, ni en los juegos de tazas de té, que han perdido significado, en su portafolio emergen corazones con flechas y muestras de cariño.
          La desaparición de la gordura de la cintura es notoria, ahora ya la disminución por arriba del ombligo, da forma agradable, que luego da pasa a lo ancho de las caderas. Las zapatitas de charol negro, ya se ven en sus pies fuera de moda y no parecen las adecuadas, sobretodo con calcetas. Los zapatos de tacón de mamá, le sientan mejor, le dan un aire de madures increíble.
          En el escritorio de paleta ya no se sienta con la pierna derecha bajo el muslo, mantiene sus piernas alineadas, uniendo las rodillas y los camotes, está erguida y de vez en cuando pasa su mano recogiendo el cabello y lo acomoda a los lados, el lapicero ya no lo pone entre sus dientes, en forma estilizadamente lo manipula entre sus dedos. Su mirada de atención va hacia el exterior donde los jóvenes del grado superior pasan en camino a su aula.
          Si, la atención es afuera, pues en su grado, los compañeros, todavía no sueltan la infancia, hablan de carritos y de súper héroes, en el recreo se acomodan para jugar pelota en los linderos del patio, sin inmutarse de los cambios ocurridos a su alrededor. Allí las miradas y los silbidos son de los mayores, que le observan cuando en un ir y venir, camina coquetamente en los anchos corredores, más de alguno le habla en piropos o le hace señas con las manos.
          Con un par de libros abrazados al frente, charla suavemente con sus compañeras, comentan con exceso de ademanes las historietas de las chicas enamoradas o el capítulo de la telenovela de moda. Los cambios se hacen cada vez más evidentes y su comportamiento va con la seriedad del caso.
          La niña regresa en el bus, su rostro se ve triste, con preocupación evidente, pálida y sin deseos de movilizarse, con las penas que le asisten se prende del tubo del asiento anterior, como orando para llegar pronto a casa, toma su pañuelo y lo hace restregar por la frente, con el fin de eliminar las gotas de sudor que le corren desde el cabello.
          Caminando muy despacio y con una de sus manos en el vientre, desciende del autobús, después de que le anuncian la parada en el redondel. No sabe si correr o caminar, los cólicos le han hecho detenerse, se sostiene de la pared donde suelta su bolsón, mientras agarra aire, fuerza que le permitan aproximarse a la vivienda.
          El ding dong se deja escuchar, mientras alguien asiste a abrir la puerta, penetra a la sala gritando como loca en búsqueda de consuelo:
--- Mamá…..! me voy a morir.
Cae desfallecida en uno de los sillones de la habitación, un hilo de sangre escurre por una de sus piernas, que alcanza manchar su calceta. La madre inmediatamente la toma en sus brazos.
---Que pasa mija, que tienes….---
---Mamá….--- y le muestra la pierna….--- y el dolor es inaguantable --- y se presiona el abdomen.
Ahhh…! --- dice la madre --- Como no te había contado….---mientras se toma la cara con ambas manos.
--- Ma… mamá y es malo….!---
--- Sabes hija, esto es normal, de hoy en delante y una vez al mes te va aparecer esto….---
---Con todo este dolor, porqué me pasa a mi.---
--- Tonto e ignorante que es uno, que por no tener confianza, no le cuenta a las hijas, que cuando tienen tu edad, dejan de ser niñas y se vuelven jovencitas y para eso te viene un sangrado de allá abajo y se acompaña de dolor.---
---Hay si… y yo que pensé que me había lastimado… como no había dicho nada antes…..---
--- Al igual que a mí, mi madre jamás me dijo nada y  unas amigas me dijeron qué era lo que pasaba y yo nunca pregunté en casa de esto.
Como yo ya tenia un poco mas de 15, incluso me dijeron que menos mal me había venido, sino a lo mejor estaba embarazada…..---
--- Ah! --- dijo la niña, mientras abría a más no poder sus ojos.
--- Tontera más grande y producto de la ignorancia. Siendo pues la Primera Menstruación.---
          La jovencita se recupera de la impresión, se ha vuelto mas delicada, después de la experiencia sufrida, montones de consejos y sobretodo de los  cuidados a tener de hoy en adelante Ahora ya se comporta deferente, se ha tornado pudorosa, el espejo ya no le hace alergia, se observa de cuerpo entero que le muestra el nacimiento de una mujercita hecha y derecha.
          Con los deseos incansables de los polvos y las pinturas, de cómo depilarse las cejas, colorearlas de sombras, como arreglarse el cabello, con ganchos y peinetas, el estreno en el uso del sostén, los aretitos de brillante que utilizaba desde recién nacida se torna en aretes de aros de figuras que cuelgan coquetamente de sus orejas. La falda semi apretada que se asoma hasta 1cm. Por arriba de la rodilla, los zapatos de tacón mediano y punta aguda. Donde descansa sus lindos pies, ya sin calcetas.
          Sale alegremente de su habitación, busca a su madre y la enfrenta:
--- Oye mami, como me veo. --- mientras se contornea con la rodilla enfrente, sostenida y parándose de puntillas.---
---LINDA, MI AMOR, LINDA…..
Ella da media vuelta y se lanza en brazos de su madre.
---Gracias, mamá….. gracias.---le hace un güiño
--- Si mi linda….. si, ahora SE FUGO LA NENA… y se mostró la Joven.  
  

jueves, 9 de febrero de 2012

EL SILENCIO DEL SOLDADO


          Los gallos hicieron presencia con sus cantos, la neblina apenas se levantaba como manto sobre las casuchas de lepa del pequeño poblado. El perro se levantó, se sacudió, se dio tres vueltas y se volvió a enroscar en el rincón. Como avisado volvió a ponerse en pie y ladró muchas veces, las gallinas corrían medio locas en el patio mientras los extraños ruidos de un grupo de hombres con gorras pasa montañas y vestidos de hojarasca, se apostaban en los alrededores.
          El espaviento de los animales hizo que los aldeanos salieran asustados, algunos se asomaran en las puertas del rancho, donde fueron recibidos a golpes y empujones, medio desnudos fueron llevados a formar filas, como ganado, cerca del pozo comunitario.
          Los invasores, con lujo de fuerza y prepotencia, les obligaron a guardar silencio, mientras otro grupo penetraba en las viviendas con el fin de violentar sacando a los que se había quedado, durmiendo o escondidos de miedo, estos  cargados de susto se trasladaban hacia punto que les habían indicado, a empellones, patada limpia, jalones de pelo las mujeres fueron arrastradas violentamente a su cadalso.
--- Ya están todos aquí?--- pregunto el líder.
--- Si mi comandante ---
--- Sabemos que esta aldea ha estado colaborando con los guerrilleros y además de darles de comer los han ocultado, tenemos órdenes de eliminarlos y así dar un escarmiento a todos y cada uno que ha participado, como ejemplo al resto de comunidades del lugar.---
          Dispuesto a dar la orden de masacrar, levantó su mano, mientras en intrigante ruido de choque de las armas, en el momento que eran cargadas para la acción del disparo.
--- Falta uno, mi Teniente….--- indicó el asistente  --- uno de los soldados, José Matías, señor, ese se me hace que aprovechó para irse a la chingada. ---
---  Ustedes tres, búsquenlo….--- señalo el jefe.
          Mientras tanto el grupo de los sentenciados, gritaban, lloraban y se hincaban en son de súplica para que les perdonaran la vida.
          La cacería se inició en los alrededores, destruyen cuanto se le ponía a su paso, los cántaros se volvía añicos, los camastrones eran triturados con machete, para descubrir al escondido.
          José Matías, temblaba acurrucado detrás del comal donde se juntaba fuego... Con los ojos desorbitados y la sudoración profusa bajo el casco se sacaba la gorra la que le restaba visibilidad, mientras suspiraba sus oraciones pidiéndole al buen Dios que superara el trance.
          Se escuchaba como los demás sacudían las redes de mazorca y los costales del frijol en vaina, mientras destrozaban trastes, cuanta cosa encontraban frente a si.  Cuando vió entrar a la habitación a sus compañeros, cerró los ojos, casi se le para el corazón, por torpeza se anunció cuando tratándose de incorporarse y se le cayó el arma. En ese momento y por instinto, uno de los soldados, acciono su galil, los disparos, le hicieron caer de bruces. Muerto?. El casco cayó a distancia del agresor, después de haber movilizado con el pie y el caliente cañón de su arma se convenció que el joven había fallecido. Luego lo tomó y como trofeo de guerra lo mostró, triunfalisticamente a sus compañeros.
--- Allí estaba mi comandante… me apuntó con su arma y me lo despaché… aquí esta la bacinica y el fusil de su equipo….jajá jajá.---
-- A lo que venimos……--- Dejalo, que se pudra con el resto, maldito traidor.---
          Ni bien había dicho eso y la orden fue ejecutada, la lluvia de cascabillos inundó el patio, mientras los pobladores se doblaban de mil y una formas, con sus salpicaduras de vida, cuando las balas impactaban en sus camisas de manta y sus güipiles. La sangre corrió, como charcos de lodo, junto a los lamentos de los mártires y como cuando un chaparrón se detiene, los gritos hicieron alarde, en la secuencia del silencio. .
          Todos quedaron allí, muertos, muertos con la cara enterrada o con la vista al firmamento, con los estertores de un final de masacre. Como en espera de  los zopes carroñeros, que buscaban desde el cielo armaran su festín. El sol se había hecho presente en el oriente y mostraba sigiloso la mortandad, con el acontecimiento de un combate sin razón, que anunciaba la nota luctuosa de  una nueva tierra arrasada.
          Como perros falderos huyeron sin dejar seña, en formación enfilaron sarcásticamente, por donde vinieron de la bruma y del mas allá.
          El silencio pernoctó en el sitio, dentro del rancho se iniciaron algunos movimientos, una joven mujer, se incorporó entre los leños, se encontraba bajo el cuerpo del soldado caído. Se levantó, asomándose en el borde de la leña justo frente a la puerta, donde se encaminó hasta encontrarse frente a frente, con el espectáculo macabro, que la hizo enjugar con lágrimas y sollozos, haciendo un postrer esfuerzo se acercó en búsqueda de sus padres. Los encontró, y no lo creía estaban muertos.
---  Mamá, que te hicieron --- mientras le somataba el pecho ---
          Siguió buscando, así en su desesperación encontró a su hermano pequeño, lo haló de las piernas, le limpió su cara y llamándolo por su nombre, le abría los ojos, lo que ya se encontraban perdidos. Nadie respondió, su padre y demás parientes, allí estaba Esteban, el cofrade, los hermanos Churumil, Francisca, la comadrona y todas las demás, sus conocidas.         
          Cayó de rodillas en un mar de llanto, mas que una congoja, la interpretación por la presencia de miedo, talvez pánico, del no saber el porqué y menos el destino que le deparaba por semejante catástrofe.  Revolviendo sus sentimientos se colmó de ira, manifestando con un hálito de amargura que mojó su güipil de bellas filigranas, con la sangre de su pueblo. Los restos de la enredada trenza se escurrió de lodo, que de demostraban sobre un tapete donde lucían todos los lívidos cadáveres, de los compañeros y vecinos de la aldea de raza Quiché, todos indígenas, aborígenes del altiplano.
          Cuando la joven salió del rancho, percibió un pequeño lamento y regresó al sitio, el soldado que estaba tirado, aun respiraba, embrocado emitía pequeños quejidos. Ella lo sacudió, para ver si respondía, hasta darle vuelta, la mancha de sangre sobre el uniforme le escurría del cuello, parte del pecho llegando hasta el abdomen, la respiración aunque superficial le delataba de que aun estaba con vida, la respiración muy rápida y con exhalaciones de queja.
          Le arrastró hasta donde la luz le permitía reconocer.
--- Agua…., agua.---dijo
          Ella encontró un tecomate que colgaba del techo, le sacó el olote y se lo empinó sobre la boca al muchacho.
--- Mirá pues y es que lo hago, porque me salvaste la vida!! ---
          Le tomó del brazo y la acercó hacia él.
--- Ayudame Ixten*, --- indicó --- debemos irnos de aquí, pronto volverán y nos van a echar en un hoyo, junto a todos los demás.
          La sangre fluía por el brazo, la patoja le rompió la camisa y le expuso la herida que atravesaba el hombro, haciéndole presión con un trapo, le hizo que  lo sostuviera, mientras ella llegó al comal donde ardía en braza un leño. Le vertió un poco de guaro.
--- Aguantate como macho, pues. ---
          Con toda la decisión tomó la punta del madero y le colocó la braza en la herida, el olor a carne asada y la coagulación de la sangre, junto al bramido que se dejó escuchar a varias tareas a la redonda. Esto le hizo perder el conocimiento, pero tancó la hemorragia, la herida se la cubrió con ceniza y con hojas de sal le apretó el área, después de haberle limpiado con lienzos y manteca de cerdo. Le dejó reposar después de haberle empinado con un guacal unos sorbos de agua.  Luego de unos minutos le despertó a puros empujones.
--- Vos, levantate, tenemos que irnos.---
          No muy animado se trató de incorporar, pero cayó nuevamente...
          Oraba y se santiguaba al cruzar el campo, mientras se despedía de los tantos asesinados que dejó atrás,  él, utilizando un palo en forma de bastón y el hombro de la joven, se ayudó a caminar arrastrándose en la maleza rumbo a la joya al pie de la montaña, a pesar de la hora el silencio se hizo perpetuo, ni un solo silbido, salvo el ruido del paso por las ramas y montes del sendero. El andar fue tortuoso, largo y fatigante, los moscos rondaban por las cabezas y el zumbido era como castigo, que les obligaba a sacudirse las orejas, los ardientes piquetes no se hacían esperar junto al sopapo para detener el ataque de los animalejos. El muchacho se tiró al suelo y sin mediar palabra hizo que ella también se sentara. Después de un corto tiempo:
--- No puedo mas --- indicó --- el dolor es grande y las canillas me tiemblan!---
--- La que ya no aguanta soy yo… pesas tu poquito…--- dijo --- Hacele yemas, si no llegamos a la cumbre del cerro… fácil nos van a encontrar, mejor si lo logramos antes de caiga la noche.---
          Como pudo, se tomo de las ramas de un árbol y se incorporó, después de unos minutos de reposo, reiniciando la jornada. Largo se hizo el tramo hasta llegar al nacimiento del río, donde después de hacer una breve pausa, se internaron en la selva que terminaba en un profundo zanjón. Allí se acomodaron en la entrada de un agujero donde en el pasado extraían arena rosada para restregar comales y trastes. La noche se dejaba caer sobre la montaña, a lo lejos los coyotes aullaban a la pálida luna que no se atrevía a salir de paseo por las penumbras del paraje.
          Titiritaba del frío, cuando se levanto el vaho de la madrugada, la calentura se había apoderado de él, a pesar de encontrase medio cubierto con hojas de kekeshque, la pasión de las pesadillas que circundaban su cabeza, le producían delirio, ya las hormigas hacían caravana sobre la herida del hombro y se acomodaban para recoger los restos.
          Candelaria, así se llamaba la chica, se limpió la hojarasca que le servía de nido, se le acercó y le puso la palma de la mano en la frente para medir su fiebre, a la vez sacudió el montón de bichos que le rondaban la herida, le abrió la boca presionándole las mejías, le introdujo unas yerbas e hizo que las mascara, después le inclinó un poco de agua del tecomate de color amarillo.
          El tiempo se hizo  a su paso, después de haber desaparecido, ella volvió con unas raíces y hongos para alimentarse. Le tocó, la cara, la fiebre empezaba a ceder y le hizo recobrar el sentido, por eso le encontró recostado en unas piedras donde se  acomodaba. Permanecían a corta distancia y lo curioso era que como extraños no se dirigían palabra alguna, simplemente se cruzaban miradas, ensimismados y hasta allí.
          Con el pasó de los días, empezó a movilizarse se levantaba, con la ayuda de un palo y daba sus rondas alrededor de la cueva, salía hasta la joya, donde una grandes rocas le servía de límite y protección, en ese lugar se sentaba a observar la naturaleza y las aves que se columpiaban en el cielo, piruetas que hacían de su observación para divagar su mente. Mientras la herida se encontraba en mejor estado de cicatrización eso le permitía utilizar el brazo izquierdo, con mayor facilidad. Ya se atrevía a caminar sin el bastón y alejarse poco a poco de la madriguera.
          Pasadas las lunas, en cierta ocasión, José Matías, se encontraba deambulando a unos cuantos metros fuera del escondite, cuando a la distancia, escucho el ruido de alguien que corría a toda prisa, que se acercaba hacia él, trató de acurrucarse en unos matochos, con el fin de observar de que se trataba, a poca distancia divisó a Candelaria que de grandes zancada, las que le permitía el corte, que había medio levantado, cuando pasó a su diestra la agarró de la cintura y la botó frente al monte.
--- Que onda. ---dijo le dijo.
--- ¡Que te buscan pendejo…. Una columna de soldados esta rastreando el lugar.---y le tapó la boca --- Silencio….---
          Efectivamente después de un breve tiempo, tras el tronido de los filazos del machete, se dejó escuchar:
--- ¡José…….José Matías! --- era el oír acompasado con el eco de la montaña --- ¡José Matías, mostrate patojo, sabemos que estas vivo!---
          Entrada la tarde, después de permanecer oculto en las hojas grandes, chiriviscos, troncos cubiertos de musgo, la pareja retomó el camino y se dirigió a la cueva, siempre en silencio y sin mediar mas palabras, cada uno se acomodó en el lugar que usaban de dormidero.         
          La muchacha siempre salía muy de mañana y le dejaba sobre unas hojas de plátano, algunas cosas para poder alimentarse.
          Ella se  prolongaba en sus excursiones hasta ya en el crepúsculo, donde reaparecía, cargando algunas cosas amarradas sobre su cabeza y alguna vez artículos varios, en una de esas llevó un cántaro. Comida al tiempo, al natural, nada de cocinar ya que por precaución no juntaban fuego, para no ser descubiertos, tanto por las fogatas como por las señales que producía el humo.
          Pasó un día mas, siempre  por la mañana, como tantos otros,  la joven salió, José estaba ya despierto y entró en curiosidad que era lo que hacía. Esperó una media hora y luego procedió a seguirla. Muy sigilosamente, tratando de no hacer el mas leve ruido, recorrió el sendero que lo conducía hacia la Joya, luego siguió su aventura hasta llegar a la quebrada del nacimiento del río, donde escuchó el chapoteo en la poza. Como pudo se coló entre unas rocas, donde crecían varas de zacate, y plantas de mano de león, se hizo espacio con los brazos, haciendo un vigiadero. Sorpresa la vió.
          Que espectacular, allí se encontraba, cerca de la orilla distal, con el agua hasta las rodillas, húmedo su cabello negro le descendía hasta la cintura, su cuerpo aunque delgado de un exquisito moreno claro. Con la ayuda de sus manos recogía el agua que la golpeaba sobre su cabeza, sus senos aun de jovencita, se mostraban turgente, que discurrían las gotas de líquido hacia las curvaturas de las caderas. Algo se movió y dejando un sonido de viento, como sabida e intrigada volteó su mirada hacía el lugar donde crecían las varas y con sus brazos instintivamente cubrió sus pechos, caminó hasta la orilla donde estaba la ropa que dejó para que se secara. La tomó en sus manos y en un decir amen se envolvió hábilmente en el corte, apretado con la faja y se colocó el güipil, mientras se retorcía el cabello, se dirigió hacia donde escucho el ruido. Sin embargo no encontró nada.       El sol caía casi perpendicularmente en la playita del abrevadero, pensativa se sentó en una de las piedras, elucubrando si alguien, la vigiaba.
          Ya en la cueva, José Matías, haciéndose el desentendido, tejía unas hojas de palma ya secas, para elaborar una cubrecama, trataba de separar de su mente la belleza que lo que observó. Lo  dejó nervioso, pero aun así, su temperamento no le permitía poder dirigirse a ella o conversar, su timidez le afectaba y en medio de la soledad, no hallaba la manera de comunicarse.
          Ya por la tarde, oyó cuando ella se asomó, sin mostrar el rostro, hizo de caso que no sintió su llegada, tan solo su presencia, le hacía sentir un leve temblor, en todo su cuerpo.
          Al igual que el, Candelaria no mencionó nada del incidente, hizo de caso que como era costumbre, cada quien por su lado. Se recostó después de envolverse en el pequeño perraje, dejando una abertura donde lograba visualizar, los movimientos del otro, hasta que la oscuridad se presentó acompañada de la luna, que socarrona iluminaba el recinto.

SEGUNDA PARTE.
          En varias ocasiones bajaron hasta donde se encontraban los restos del pueblo, allí los tractores dejaron seña de hondonada, donde como hábiles sepultureros  ocultaron a los cincuenta y tantos inocentes pobladores, ni cruz alguna se dejó, como muestra. Algunas casas permanecían en pie, maltrechas y semi destruidas, de donde recuperaron enseres y materiales que les servían para la subsistencia. La ropa era parte del saqueo que efectuaban, sin abandonar las cacerolas y trastes tiznados, que tenían algún uso. De pronto alguno se retrasaba, cortando alguna raíz, o fruto que encontraba a su paso.
El tránsito de gente extraña por las laderas era muy ocasional, que con el tiempo les hacía unos ermitaños desconocidos. José se llenó de barba, mientras el cabello le caía sobre las orejas. La chica también se miraba diferente, ya su corte formaba parte de los cambios, usaba en lugar de eso, los pantalones de manta, que encontró en una de las visitas a los poblados destruidos en la zona. Se enrollaba el cabello y lo escondía tras un sombrero de paja. Permanecía junto al ex soldado, quizás porque se sentía protegida o porque en algún momento se acostumbro a tenerlo ante su vista.
No había logrado que en algún momento tuviesen alguna plática, una charla que los acercará a fin de conocerse mejor, no solo por lo desagradable vivido en el Chagüite, nombre de la aldea de origen. Siempre permanecían alejados uno del otro.
La noche era oscura, José se armó de valor y salió del agujero, dispuesto a largarse, armo algunas cosas de su pertenencia, se zampó la gorra, en carrerita sigilosa abandonó el espacio, llegó a la joya, sin voltear a ver. Se encaminó al borde del desfiladero, donde se iba a desbarrancar para llegar al sendero principal, que lo sacaba de territorio que le servía desde hacía unos meses de escondite. De pronto una mano, le pescó la espalda y le hizo retroceder.
--- Y vos que crees, que me vas a dejar abandonada…..---
--- ¡Ah…! ---respondió.
--- Como que lo que hice por vos no cuenta, que te vas como ladrón sin voltear a ver? ---
--- Nooo…! ---
--- Vos crees que yo aguanto esta soledad, y lo peor es que ni hablás---
--- Tengo que saber de mi familia.--- dijo --- si están vivos.---
--- El que está de todas muerto sos vos, tenés muerta el alma, el espíritu, quien va querer saber si vivís o no, o acaso tenés mujer?, pues---
El se quedó callado, todas las preguntas le hicieron reflexionar, pero su boca permaneció muda. En un descuido se lanzó cuesta abajo, levantando nubes de polvo…..
---José!!! --- le gritó la muchacha --- No me dejés, ahora que ya  me haces falta.--- pero andate a la chingada, ya no te quiero.---
          La confesión le hizo detenerse, tiró a la droga la cachucha y haciendo una ronda a través de la palazón, se hizo al regreso, sosteniéndose de las raíces y buscando el apoyo de las piedras, para encaramarse otra vez al punto de donde había salido en la montaña.
          Candelaria, regresaba a paso lento sobre la vereda, unas lágrimas rodaron de sus ojos, manchando de tierra los cachetes, unos terrones fueron los paganos, ya que para sacar su ira, los pateo, hasta volverlos tierra.
          Pasaron un par de horas, el escenario no varió, en camino de retorno. Ya en el interior de la cueva, todos los enseres se encontraban en el suelo, el frío circulaba, haciendo incomoda la permanencia de Candelaria, ella limpiaba con el dorso de la mano los mocos, que le fluían a consecuencia del llanto. Se acurrucó en sus adentros cubriéndose con los trapos que encontró desordenados. Mientras en las afueras, a lo largo del horizonte se dejaba ver tímidamente los rayos naranja del sol, desperezándose en la montaña, la silbatina mañanera de las aves se dejaba escuchar en el rededor y las ramas se movían por el salto de las ardillas madrugadoras que se columpiaban alegremente.
--- Margarita!--- gritó el muchacho desde la entrada.--- Vení, repetime en mi cara lo dijiste allá abajo--- sin hacer el intento de entrar.
--- ¡NOOOO! --- respondió, mientras encogía los hombros y se volteaba al rincón, colocando las manos para ocultar el rostro.-- ¡Que NO! ---
--- Va pues, te arrepentiste…. Y yo que pensé……--- e hizo el ademán de alejarse.
Volteando la cara, mientras limpiaba su rostro, dirigió la mirada, el sol que ya calentaba le impidió ver adecuadamente, con la mano haciendo de visera, enfocó hacia donde escuchaba la voz, al no verlo hizo el intento de incorporarse. Se puso de pie y se dirigió al lugar.
--- Que haces allí….  No que te ibas --- replicó
--- No, es que yo…..
--- Yo que?.... que te ibas a buscar a tu familia o a tu mujer…..!---
--- Mujer!!!!. Yo no se de mujer, familia si, mi nana y mi tata están por allá en Comalapa.---
---Y entonces…..---
--- Yo quería saber que fue lo que gritaste allá en la joya…..
--- Que te fueras a la chingada?---
--- Noooo….. es de que como que te hago falta.---
--- ah! Eso, babosadas que uno habla.---
--- Yo pensé que hablabas en serio.--- insistió --- y eso que dijiste “ya no te quiero”, también fueron tonteras---
--. Quizás…..---
José tomó la bolsa de sus cosas , las acuñó en el peñón, desató su matate, sacó un rosario de una décima hecho a mano y se lo extendió.
--- Es para que no me olvidés, Ixten…..---
--- Pedazo de tonto…. SI!, me hacés falta y a lo mejor te quiero. O vos no sentís nada….---
--- Es que yo…… Yo no animé a decirte nada, pendejo que soy, sabés, me gustás desde que te vi en el río.---
La chica le tomó de la mano, que permanecía extendida con el obsequio en la mano y lo acercó  de un tirón para estamparle un tierno beso.

Cuentan los del poblado mas cercano, que por las noches una pareja, baja de la montaña a conseguir alimentos, se esconden en la oscuridad de los callejones, felices deambulan por los parajes y se desaparecen al salir el sol. Los ven siempre de la mano y en silencio….
(*).Ixten: joven mujer