Los
gallos hicieron presencia con sus cantos, la neblina apenas se levantaba como
manto sobre las casuchas de lepa del pequeño poblado. El perro se levantó, se
sacudió, se dio tres vueltas y se volvió a enroscar en el rincón. Como avisado
volvió a ponerse en pie y ladró muchas veces, las gallinas corrían medio locas
en el patio mientras los extraños ruidos de un grupo de hombres con gorras pasa
montañas y vestidos de hojarasca, se apostaban en los alrededores.
El
espaviento de los animales hizo que los aldeanos salieran asustados, algunos se
asomaran en las puertas del rancho, donde fueron recibidos a golpes y
empujones, medio desnudos fueron llevados a formar filas, como ganado, cerca
del pozo comunitario.
Los
invasores, con lujo de fuerza y prepotencia, les obligaron a guardar silencio,
mientras otro grupo penetraba en las viviendas con el fin de violentar sacando a
los que se había quedado, durmiendo o escondidos de miedo, estos cargados de susto se trasladaban hacia punto
que les habían indicado, a empellones, patada limpia, jalones de pelo las
mujeres fueron arrastradas violentamente a su cadalso.
--- Ya están todos aquí?--- pregunto el líder.
--- Si mi comandante ---
--- Sabemos que esta aldea ha estado colaborando
con los guerrilleros y además de darles de comer los han ocultado, tenemos órdenes
de eliminarlos y así dar un escarmiento a todos y cada uno que ha participado,
como ejemplo al resto de comunidades del lugar.---
Dispuesto
a dar la orden de masacrar, levantó su mano, mientras en intrigante ruido de
choque de las armas, en el momento que eran cargadas para la acción del disparo.
--- Falta uno, mi Teniente….--- indicó el
asistente --- uno de los soldados, José
Matías, señor, ese se me hace que aprovechó para irse a la chingada. ---
---
Ustedes tres, búsquenlo….--- señalo el jefe.
Mientras
tanto el grupo de los sentenciados, gritaban, lloraban y se hincaban en son de
súplica para que les perdonaran la vida.
La
cacería se inició en los alrededores, destruyen cuanto se le ponía a su paso,
los cántaros se volvía añicos, los camastrones eran triturados con machete,
para descubrir al escondido.
José
Matías, temblaba acurrucado detrás del comal donde se juntaba fuego... Con los
ojos desorbitados y la sudoración profusa bajo el casco se sacaba la gorra la que
le restaba visibilidad, mientras suspiraba sus oraciones pidiéndole al buen
Dios que superara el trance.
Se
escuchaba como los demás sacudían las redes de mazorca y los costales del
frijol en vaina, mientras destrozaban trastes, cuanta cosa encontraban frente a
si. Cuando vió entrar a la habitación a
sus compañeros, cerró los ojos, casi se le para el corazón, por torpeza se
anunció cuando tratándose de incorporarse y se le cayó el arma. En ese momento
y por instinto, uno de los soldados, acciono su galil, los disparos, le hicieron
caer de bruces. Muerto?. El casco cayó a distancia del agresor, después de
haber movilizado con el pie y el caliente cañón de su arma se convenció que el
joven había fallecido. Luego lo tomó y como trofeo de guerra lo mostró,
triunfalisticamente a sus compañeros.
--- Allí estaba mi comandante… me apuntó con su
arma y me lo despaché… aquí esta la bacinica y el fusil de su equipo….jajá jajá.---
-- A lo que venimos……--- Dejalo, que se pudra
con el resto, maldito traidor.---
Ni
bien había dicho eso y la orden fue ejecutada, la lluvia de cascabillos inundó
el patio, mientras los pobladores se doblaban de mil y una formas, con sus
salpicaduras de vida, cuando las balas impactaban en sus camisas de manta y sus
güipiles. La sangre corrió, como charcos de lodo, junto a los lamentos de los
mártires y como cuando un chaparrón se detiene, los gritos hicieron alarde, en
la secuencia del silencio. .
Todos
quedaron allí, muertos, muertos con la cara enterrada o con la vista al
firmamento, con los estertores de un final de masacre. Como en espera de los zopes carroñeros, que buscaban desde el
cielo armaran su festín. El sol se había hecho presente en el oriente y
mostraba sigiloso la mortandad, con el acontecimiento de un combate sin razón,
que anunciaba la nota luctuosa de una
nueva tierra arrasada.
Como
perros falderos huyeron sin dejar seña, en formación enfilaron sarcásticamente,
por donde vinieron de la bruma y del mas allá.
El
silencio pernoctó en el sitio, dentro del rancho se iniciaron algunos
movimientos, una joven mujer, se incorporó entre los leños, se encontraba bajo
el cuerpo del soldado caído. Se levantó, asomándose en el borde de la leña
justo frente a la puerta, donde se encaminó hasta encontrarse frente a frente,
con el espectáculo macabro, que la hizo enjugar con lágrimas y sollozos,
haciendo un postrer esfuerzo se acercó en búsqueda de sus padres. Los encontró,
y no lo creía estaban muertos.
---
Mamá, que te hicieron --- mientras le somataba el pecho ---
Siguió
buscando, así en su desesperación encontró a su hermano pequeño, lo haló de las
piernas, le limpió su cara y llamándolo por su nombre, le abría los ojos, lo
que ya se encontraban perdidos. Nadie respondió, su padre y demás parientes, allí
estaba Esteban, el cofrade, los hermanos Churumil, Francisca, la comadrona y
todas las demás, sus conocidas.
Cayó
de rodillas en un mar de llanto, mas que una congoja, la interpretación por la presencia
de miedo, talvez pánico, del no saber el porqué y menos el destino que le
deparaba por semejante catástrofe. Revolviendo
sus sentimientos se colmó de ira, manifestando con un hálito de amargura que
mojó su güipil de bellas filigranas, con la sangre de su pueblo. Los restos de
la enredada trenza se escurrió de lodo, que de demostraban sobre un tapete
donde lucían todos los lívidos cadáveres, de los compañeros y vecinos de la
aldea de raza Quiché, todos indígenas, aborígenes del altiplano.
Cuando
la joven salió del rancho, percibió un pequeño lamento y regresó al sitio, el
soldado que estaba tirado, aun respiraba, embrocado emitía pequeños quejidos.
Ella lo sacudió, para ver si respondía, hasta darle vuelta, la mancha de sangre
sobre el uniforme le escurría del cuello, parte del pecho llegando hasta el
abdomen, la respiración aunque superficial le delataba de que aun estaba con
vida, la respiración muy rápida y con exhalaciones de queja.
Le
arrastró hasta donde la luz le permitía reconocer.
--- Agua…., agua.---dijo
Ella
encontró un tecomate que colgaba del techo, le sacó el olote y se lo empinó
sobre la boca al muchacho.
--- Mirá pues y es que lo hago, porque me
salvaste la vida!! ---
Le
tomó del brazo y la acercó hacia él.
--- Ayudame Ixten*, --- indicó --- debemos
irnos de aquí, pronto volverán y nos van a echar en un hoyo, junto a todos los
demás.
La
sangre fluía por el brazo, la patoja le rompió la camisa y le expuso la herida
que atravesaba el hombro, haciéndole presión con un trapo, le hizo que lo sostuviera, mientras ella llegó al comal
donde ardía en braza un leño. Le vertió un poco de guaro.
--- Aguantate como macho, pues. ---
Con
toda la decisión tomó la punta del madero y le colocó la braza en la herida, el
olor a carne asada y la coagulación de la sangre, junto al bramido que se dejó
escuchar a varias tareas a la redonda. Esto le hizo perder el conocimiento,
pero tancó la hemorragia, la herida se la cubrió con ceniza y con hojas de sal
le apretó el área, después de haberle limpiado con lienzos y manteca de cerdo. Le
dejó reposar después de haberle empinado con un guacal unos sorbos de agua. Luego de unos minutos le despertó a puros
empujones.
--- Vos, levantate, tenemos que irnos.---
No
muy animado se trató de incorporar, pero cayó nuevamente...
Oraba
y se santiguaba al cruzar el campo, mientras se despedía de los tantos
asesinados que dejó atrás, él, utilizando
un palo en forma de bastón y el hombro de la joven, se ayudó a caminar
arrastrándose en la maleza rumbo a la joya al pie de la montaña, a pesar de la
hora el silencio se hizo perpetuo, ni un solo silbido, salvo el ruido del paso
por las ramas y montes del sendero. El andar fue tortuoso, largo y fatigante, los
moscos rondaban por las cabezas y el zumbido era como castigo, que les obligaba
a sacudirse las orejas, los ardientes piquetes no se hacían esperar junto al
sopapo para detener el ataque de los animalejos. El muchacho se tiró al suelo y
sin mediar palabra hizo que ella también se sentara. Después de un corto
tiempo:
--- No puedo mas --- indicó --- el dolor es
grande y las canillas me tiemblan!---
--- La que ya no aguanta soy yo… pesas tu
poquito…--- dijo --- Hacele yemas, si no llegamos a la cumbre del cerro… fácil
nos van a encontrar, mejor si lo logramos antes de caiga la noche.---
Como
pudo, se tomo de las ramas de un árbol y se incorporó, después de unos minutos
de reposo, reiniciando la jornada. Largo se hizo el tramo hasta llegar al
nacimiento del río, donde después de hacer una breve pausa, se internaron en la
selva que terminaba en un profundo zanjón. Allí se acomodaron en la entrada de
un agujero donde en el pasado extraían arena rosada para restregar comales y
trastes. La noche se dejaba caer sobre la montaña, a lo lejos los coyotes
aullaban a la pálida luna que no se atrevía a salir de paseo por las penumbras
del paraje.
Titiritaba
del frío, cuando se levanto el vaho de la madrugada, la calentura se había
apoderado de él, a pesar de encontrase medio cubierto con hojas de kekeshque,
la pasión de las pesadillas que circundaban su cabeza, le producían delirio, ya
las hormigas hacían caravana sobre la herida del hombro y se acomodaban para
recoger los restos.
Candelaria,
así se llamaba la chica, se limpió la hojarasca que le servía de nido, se le
acercó y le puso la palma de la mano en la frente para medir su fiebre, a la
vez sacudió el montón de bichos que le rondaban la herida, le abrió la boca
presionándole las mejías, le introdujo unas yerbas e hizo que las mascara,
después le inclinó un poco de agua del tecomate de color amarillo.
El
tiempo se hizo a su paso, después de haber
desaparecido, ella volvió con unas raíces y hongos para alimentarse. Le tocó,
la cara, la fiebre empezaba a ceder y le hizo recobrar el sentido, por eso le
encontró recostado en unas piedras donde se
acomodaba. Permanecían a corta distancia y lo curioso era que como
extraños no se dirigían palabra alguna, simplemente se cruzaban miradas,
ensimismados y hasta allí.
Con
el pasó de los días, empezó a movilizarse se levantaba, con la ayuda de un palo
y daba sus rondas alrededor de la cueva, salía hasta la joya, donde una grandes
rocas le servía de límite y protección, en ese lugar se sentaba a observar la
naturaleza y las aves que se columpiaban en el cielo, piruetas que hacían de su
observación para divagar su mente. Mientras la herida se encontraba en mejor
estado de cicatrización eso le permitía utilizar el brazo izquierdo, con mayor
facilidad. Ya se atrevía a caminar sin el bastón y alejarse poco a poco de la
madriguera.
Pasadas
las lunas, en cierta ocasión, José Matías, se encontraba deambulando a unos
cuantos metros fuera del escondite, cuando a la distancia, escucho el ruido de
alguien que corría a toda prisa, que se acercaba hacia él, trató de acurrucarse
en unos matochos, con el fin de observar de que se trataba, a poca distancia
divisó a Candelaria que de grandes zancada, las que le permitía el corte, que
había medio levantado, cuando pasó a su diestra la agarró de la cintura y la
botó frente al monte.
--- Que onda. ---dijo le dijo.
--- ¡Que te buscan pendejo…. Una columna de
soldados esta rastreando el lugar.---y le tapó la boca --- Silencio….---
Efectivamente
después de un breve tiempo, tras el tronido de los filazos del machete, se dejó
escuchar:
--- ¡José…….José Matías! --- era el oír
acompasado con el eco de la montaña --- ¡José Matías, mostrate patojo, sabemos
que estas vivo!---
Entrada
la tarde, después de permanecer oculto en las hojas grandes, chiriviscos,
troncos cubiertos de musgo, la pareja retomó el camino y se dirigió a la cueva,
siempre en silencio y sin mediar mas palabras, cada uno se acomodó en el lugar
que usaban de dormidero.
La
muchacha siempre salía muy de mañana y le dejaba sobre unas hojas de plátano,
algunas cosas para poder alimentarse.
Ella se prolongaba en sus excursiones hasta ya en el
crepúsculo, donde reaparecía, cargando algunas cosas amarradas sobre su cabeza
y alguna vez artículos varios, en una de esas llevó un cántaro. Comida al
tiempo, al natural, nada de cocinar ya que por precaución no juntaban fuego,
para no ser descubiertos, tanto por las fogatas como por las señales que
producía el humo.
Pasó
un día mas, siempre por la mañana, como
tantos otros, la joven salió, José
estaba ya despierto y entró en curiosidad que era lo que hacía. Esperó una
media hora y luego procedió a seguirla. Muy sigilosamente, tratando de no hacer
el mas leve ruido, recorrió el sendero que lo conducía hacia la Joya, luego siguió su
aventura hasta llegar a la quebrada del nacimiento del río, donde escuchó el
chapoteo en la poza. Como pudo se coló entre unas rocas, donde crecían varas de
zacate, y plantas de mano de león, se hizo espacio con los brazos, haciendo un
vigiadero. Sorpresa la vió.
Que
espectacular, allí se encontraba, cerca de la orilla distal, con el agua hasta
las rodillas, húmedo su cabello negro le descendía hasta la cintura, su cuerpo
aunque delgado de un exquisito moreno claro. Con la ayuda de sus manos recogía
el agua que la golpeaba sobre su cabeza, sus senos aun de jovencita, se
mostraban turgente, que discurrían las gotas de líquido hacia las curvaturas de
las caderas. Algo se movió y dejando un sonido de viento, como sabida e intrigada
volteó su mirada hacía el lugar donde crecían las varas y con sus brazos instintivamente
cubrió sus pechos, caminó hasta la orilla donde estaba la ropa que dejó para
que se secara. La tomó en sus manos y en un decir amen se envolvió hábilmente
en el corte, apretado con la faja y se colocó el güipil, mientras se retorcía
el cabello, se dirigió hacia donde escucho el ruido. Sin embargo no encontró
nada. El sol caía casi perpendicularmente
en la playita del abrevadero, pensativa se sentó en una de las piedras,
elucubrando si alguien, la vigiaba.
Ya
en la cueva, José Matías, haciéndose el desentendido, tejía unas hojas de palma
ya secas, para elaborar una cubrecama, trataba de separar de su mente la
belleza que lo que observó. Lo dejó
nervioso, pero aun así, su temperamento no le permitía poder dirigirse a ella o
conversar, su timidez le afectaba y en medio de la soledad, no hallaba la
manera de comunicarse.
Ya
por la tarde, oyó cuando ella se asomó, sin mostrar el rostro, hizo de caso que
no sintió su llegada, tan solo su presencia, le hacía sentir un leve temblor,
en todo su cuerpo.
Al
igual que el, Candelaria no mencionó nada del incidente, hizo de caso que como
era costumbre, cada quien por su lado. Se recostó después de envolverse en el
pequeño perraje, dejando una abertura donde lograba visualizar, los movimientos
del otro, hasta que la oscuridad se presentó acompañada de la luna, que
socarrona iluminaba el recinto.
SEGUNDA
PARTE.
En
varias ocasiones bajaron hasta donde se encontraban los restos del pueblo, allí
los tractores dejaron seña de hondonada, donde como hábiles sepultureros ocultaron a los cincuenta y tantos inocentes
pobladores, ni cruz alguna se dejó, como muestra. Algunas casas permanecían en
pie, maltrechas y semi destruidas, de donde recuperaron enseres y materiales
que les servían para la subsistencia. La ropa era parte del saqueo que
efectuaban, sin abandonar las cacerolas y trastes tiznados, que tenían algún
uso. De pronto alguno se retrasaba, cortando alguna raíz, o fruto que
encontraba a su paso.
El tránsito de gente extraña por las laderas
era muy ocasional, que con el tiempo les hacía unos ermitaños desconocidos.
José se llenó de barba, mientras el cabello le caía sobre las orejas. La chica
también se miraba diferente, ya su corte formaba parte de los cambios, usaba en
lugar de eso, los pantalones de manta, que encontró en una de las visitas a los
poblados destruidos en la zona. Se enrollaba el cabello y lo escondía tras un
sombrero de paja. Permanecía junto al ex soldado, quizás porque se sentía
protegida o porque en algún momento se acostumbro a tenerlo ante su vista.
No había logrado que en algún momento tuviesen
alguna plática, una charla que los acercará a fin de conocerse mejor, no solo
por lo desagradable vivido en el Chagüite, nombre de la aldea de origen.
Siempre permanecían alejados uno del otro.
La noche era oscura, José se armó de valor y
salió del agujero, dispuesto a largarse, armo algunas cosas de su pertenencia,
se zampó la gorra, en carrerita sigilosa abandonó el espacio, llegó a la joya,
sin voltear a ver. Se encaminó al borde del desfiladero, donde se iba a
desbarrancar para llegar al sendero principal, que lo sacaba de territorio que
le servía desde hacía unos meses de escondite. De pronto una mano, le pescó la
espalda y le hizo retroceder.
--- Y vos que crees, que me vas a dejar
abandonada…..---
--- ¡Ah…! ---respondió.
--- Como que lo que hice por vos no cuenta, que
te vas como ladrón sin voltear a ver? ---
--- Nooo…! ---
--- Vos crees que yo aguanto esta soledad, y lo
peor es que ni hablás---
--- Tengo que saber de mi familia.--- dijo ---
si están vivos.---
--- El que está de todas muerto sos vos, tenés
muerta el alma, el espíritu, quien va querer saber si vivís o no, o acaso tenés
mujer?, pues---
El se quedó callado, todas las preguntas le
hicieron reflexionar, pero su boca permaneció muda. En un descuido se lanzó
cuesta abajo, levantando nubes de polvo…..
---José!!! --- le gritó la muchacha --- No me
dejés, ahora que ya me haces falta.---
pero andate a la chingada, ya no te quiero.---
La
confesión le hizo detenerse, tiró a la droga la cachucha y haciendo una ronda a
través de la palazón, se hizo al regreso, sosteniéndose de las raíces y
buscando el apoyo de las piedras, para encaramarse otra vez al punto de donde
había salido en la montaña.
Candelaria,
regresaba a paso lento sobre la vereda, unas lágrimas rodaron de sus ojos,
manchando de tierra los cachetes, unos terrones fueron los paganos, ya que para
sacar su ira, los pateo, hasta volverlos tierra.
Pasaron
un par de horas, el escenario no varió, en camino de retorno. Ya en el interior
de la cueva, todos los enseres se encontraban en el suelo, el frío circulaba,
haciendo incomoda la permanencia de Candelaria, ella limpiaba con el dorso de
la mano los mocos, que le fluían a consecuencia del llanto. Se acurrucó en sus
adentros cubriéndose con los trapos que encontró desordenados. Mientras en las
afueras, a lo largo del horizonte se dejaba ver tímidamente los rayos naranja
del sol, desperezándose en la montaña, la silbatina mañanera de las aves se
dejaba escuchar en el rededor y las ramas se movían por el salto de las
ardillas madrugadoras que se columpiaban alegremente.
--- Margarita!--- gritó el muchacho desde la
entrada.--- Vení, repetime en mi cara lo dijiste allá abajo--- sin hacer el
intento de entrar.
--- ¡NOOOO! --- respondió, mientras encogía los
hombros y se volteaba al rincón, colocando las manos para ocultar el rostro.--
¡Que NO! ---
--- Va pues, te arrepentiste…. Y yo que
pensé……--- e hizo el ademán de alejarse.
Volteando la cara, mientras limpiaba su rostro,
dirigió la mirada, el sol que ya calentaba le impidió ver adecuadamente, con la
mano haciendo de visera, enfocó hacia donde escuchaba la voz, al no verlo hizo
el intento de incorporarse. Se puso de pie y se dirigió al lugar.
--- Que haces allí…. No que te ibas --- replicó
--- No, es que yo…..
--- Yo que?.... que te ibas a buscar a tu
familia o a tu mujer…..!---
--- Mujer!!!!. Yo no se de mujer, familia si,
mi nana y mi tata están por allá en Comalapa.---
---Y entonces…..---
--- Yo quería saber que fue lo que gritaste
allá en la joya…..
--- Que te fueras a la chingada?---
--- Noooo….. es de que como que te hago
falta.---
--- ah! Eso, babosadas que uno habla.---
--- Yo pensé que hablabas en serio.--- insistió
--- y eso que dijiste “ya no te quiero”, también fueron tonteras---
--. Quizás…..---
José tomó la bolsa de sus cosas , las acuñó en
el peñón, desató su matate, sacó un rosario de una décima hecho a mano y se
lo extendió.
--- Es para que no me olvidés, Ixten…..---
--- Pedazo de tonto…. SI!, me hacés falta y a
lo mejor te quiero. O vos no sentís nada….---
--- Es que yo…… Yo no animé a decirte nada,
pendejo que soy, sabés, me gustás desde que te vi en el río.---
La chica le tomó de la mano, que permanecía
extendida con el obsequio en la mano y lo acercó de un tirón para estamparle un tierno beso.
Cuentan los del poblado mas cercano, que por
las noches una pareja, baja de la montaña a conseguir alimentos, se esconden en
la oscuridad de los callejones, felices deambulan por los parajes y se desaparecen al salir el
sol. Los ven siempre de la mano y en silencio….
(*).Ixten: joven mujer