sábado, 22 de septiembre de 2012

ESTAMPA DEL CENTRO HISTORICO



             El organillo pinta en plena sexta, produciendo música antañona, que acaricia el oído de los transeúntes que del brazo de su pareja tararean la belleza de la música chapina.
          Los grupos de patojos, rodean los confines del Pasaje Rubio, mientras arrastran sus patinetas en serpentinas acrobáticas por las aceras del Portal del Comercio  rumbo al  Parque Centenario.
          Es lugar de reunión de viejitos, que cuentan chistes, juegan cartas. Un par de vendedores de periódicos y  los muchachos manos diestras  lustrando zapatos, junto a la vendedora de atol….
---¡ Lotería…  600,000 de la Santa! --- cantan los fabricantes de sueños, deambulando de inocencia.

Participante
Certamen Cuento Corto 2012 
Vida Urbana en Guatemala
Municipalidad de Guatemala.

viernes, 21 de septiembre de 2012

EL BARRIO CANDELARIA



             Mi salida matutina contempla una caminata por las orillas del cerro del Carmen, que me lleva hasta el parque Isabel la Católica, donde corono el diario ejercicio, luego regreso, pasando por  la novena avenida, donde se encuentra la señora en  su changarro de la esquina, que vende jugo de naranja, con huevos frescos, ampollas de Ginsen, para dar energía. Ella con su delantal de cuadritos verdes, se multiplica atendiendo a los consuetudinarios clientes que todas las mañanas hacen la espera por su alimento.

--- Buenos días Don Chentío… siempre su juguito con dos huevos y su ampollita.---
---Claro doña…. Así merito.---
          Le entrega los cinco pesos del consumo, mientras ella aprieta el aparato saca jugos, colocándolo en los vasos en forma de cono invertido, después de quebrar los dos huevos los deja caer en el vaso. Inmediatamente  seca las manos con un trapo y rompe la ampolla, mostrando que la pone en el recipiente. Luego revuelve en su bolso las monedas que se convertían en vuelto.
          Continúo mi trayecto de regreso, por la 10ª  “A”, cruzo la respectiva
--- Ya debe de ser tarde --- pienso.
          Si ya se que son mas de las 7 A.m., pues las damas que venden sus favores ya están en el punto atalayando a sus clientes.  Las gentes corren en todas direcciones en búsqueda de transporte o de sus lugares de trabajo.
El tráfico se ve incrementado sobre la primera calle, donde pasan a toda máquina, los buses que vienen de los municipios y carretera del Atlántico que hacen su recorrido escandaloso, ejecutando carreras en competencia para escamotearse el pasaje que se dirige a la Terminal de la Zona 4.
          Es una panorámica que se vive de diario, que distrae la mente. Volteo un tanto de curiosidad para ver el parque de la esquina de la Avenida Juan Chapín, donde varios corredores se aventuran a subir la colina, recorriendo con esfuerzo las escalinatas de piedra laja, que van hacia el cielo. Desde allí se observaba la cúpula blanca de la ermita en la punta del cerro.
          Mientras camino, sobre la acera de la derecha por el costado de la Iglesia de Candelaria, se me acercaba un sujeto:.
--- Abuelo…. No tiene un peso para quitarme la goma.--- es la cantaleta que todos los días de los bolitos, que se recuestan en la banqueta y en las gradas de  la escalinata de la entrada lateral del Templo.
          En el atrio, se apostan las inditas que venden el atol de masa, con frijoles negros en pepita manchado de chile, o el de elote, con granos de maíz amarillo, que los parroquianos saboréen, junto a los comentarios del día.
          Las bancas del negocio permanecen ocupadas por los que pasean por el área o a los que les agarra el estómago vacío, la hora de la refa. No faltan las tostadas rojas de salsa, de frijol o las verdes de aguacate con queso y cebolla.  La simpática caseta donde venden los dulces típicos, donde la señora espanta los bichos que sobrevuelan los volcanes de los mazapanes, los colochos de guayaba, las cajetas, los cuadritos en trozos de pepita. Algo mas como las canillas de leche, las cocadas, las bolas de tamarindo, el atractivo del arte culinario de dulce. No digamos el chilacayote que hace que se le haga agua la boca y tantas babosaditas de caramelo que asemejan una feria de sabores.
          En el atrio hago un pequeño descanso, sentado en la grada para recuperarme de sofocamiento, mientras disfruto del panorama que se complementa con el periodiquero, que de viva voz anuncia los titulares de los diarios. Los escolares que corren hacia la Casa del Niño, donde les reciben para cuidados de su edad. Las señoras santulonas que ingresan con sus mantos color negro, cargadas de pecados  en fin, asistentes a los oficios religiosos. A la distancia se deja escuchar el responso del Cura a través de los altoparlantes, invitando a los feligreses pirujos a asistir al acto litúrgico. El sacristán se aposta en la puerta con el instrumento repartiendo humo de incienso, sahumerios para alejar a los malos espíritus. El órgano hace su introducción que se complementa con el coro en las Aleluyas respectivas.
          Tomando un segundo aire me pongo de pie, me  dispongo a continuar mi recorrido, que me lleva a la esquina de la 14 avenida donde se lee pegado con tachuelas en la puerta de una vivienda.  “Se retocan Imágenes”. Continúo a mi derecha, pasando por la Lechería, donde hace algunos años propietarios acostumbraban hacer las alfombras de Semana Santa, específicamente para el Domingo de Ramos, para la procesión de la Iglesia de San José, donde después del paso de la espectacular anda de 120 brazos, los feligreses se tiraban al suelo a recoger los quesos, las frutas y los panes, como si fueran dulces de una piñata.
          Allí donde termina la Avenida de San José y se entronca con la 14 avenida, esta la casa donde vivió el ilustre Premio Novel de Literatura, Miguel Angel Asturias. El de las hojas verde, verdes, verdes…. Y de “El Señor Presidente”, ahora erigieron un monumento en su honor que señala el estandarte del escritor.
          El retorno es evidente debido al cansancio y aun asi recorro, la Avenida de los árboles de la tercera a la 1ra avenida, bueno ya casi no hay árboles, pero la avenida aun se llama asi. En mi recorrido veo casa donde estuvo la tienda de Doña Mari, donde se fabricaban y se expendían los dulces típicos, mejor elaborados del barrio, pero como muchas cosas se terminó. Adelante “La Arriola”, panadería con gran prestigio por sus polvorosas y además de las empanadas de leche, ciruela y de salmón. El billar de don Güicho y la funeraria de la esquina, que hace que mi recorrido casi ponga fin con mi fuerza, sin dar mi brazo a torcer y quizás arrastrando algo los tenis me hago al retorno en el primer pasaje Navarrete, para volver a mi Hogar Dulce Hogar.

martes, 4 de septiembre de 2012

EL SACRISTAN


          El desgaste del piso de las gradas, forma una hondonada de polvo de ladrillo, en el caracol de ascenso hasta la cúpula del campanario, donde reposan pendientes de un madero carcomido por las termitas, las viejas bonachonas campanas de metal que serven para anunciar los actos y festividades del templo.
          Las paredes descascaradas, dejan ver las puntas derruidas de los ladrillos, pegados con cal y clara de huevo, adornadas con rótulos, corazones atravesados por una flecha identificados con iniciales de un antiguo idilio de algunos de los muchachos acólitos que en alguna vez escribieron su nombre cuando ascendieron hasta la torre.
          Las palomas han hecho por largo tiempo sus nidos en el cascarón del techo, habiendo dejado las muestras de sus excretas sobre las campanas color marrón, con la figura de algún santo, ángeles o la señal de la cruz.
          A las 7 de la noche, cuando se celebraba la hora santa, los jóvenes monaguillos son comisionados a subir a la torre con el fin de hacer el repique que anunciaba el inicio del acto. Las señoras caminan dentro de la nave de la iglesia con sus mantillones negros sobre su cabeza, los rosarios de guía del rezo que se hamaquean desde sus manos sobre los faldones largos de su vestimenta.
          El repique inició su letanía muy en punto, mientras sorprendidos los muchachos, se empujan en la entrada del campanario, pensando que alguien se les ha adelantado en el retoque. Con una sensación de miedo inician el ascenso hasta llegar a la escotilla que da al espacio de la cúpula, la cual empujan pero el peso de alguien les impide abrirla. El talán, talón de los repiques retumba en los oídos de los chicos que permanecen estáticos, luego insisten en levantar la tapadera que les lleva a su destino.
          El sonido continuó por espacio de unos minutos, hasta que se detiene, en ese momento la puerta de la escotilla cede y permite la entrada de los chicos. Sorpresa no hay nadie, el  badajo continua columpiándose que hace sonar la campana mayor, la sombra de una persona les ronda por el rostro, les envuelve en miedo y luego se lanza al vacío.
---¡Ayyyyyyy….! --- grita Santiago, cuando la sensación de calofrío le recorre el cuerpo.
          Ernesto que apenas ha traspasado la pequeña entrada, se queda mudo y cae de espaldas a los pies de su compañero.
--- ¿Qué pasó --- grita malhumorado, es el sacristán que termina de subir a toda prisa por la escalinata--- ---Uds., ¡siempre jugando y no le ponen seriedad a lo que hacen! ¡subieron a tocar las campanas! ¿o que? -
--- ¡Nos espantaron… don Agustín! ----
--- Ya voy a creer…. Váyanse para abajo, todo lo tengo que hacer yo, nadie viene a ayudar --- y se queda refunfuñando mientras los chicos se hacen con cara de susto en la sacristía donde el cura  les espera, junto a las rezadoras.
--- Con que los espantaron…. Jajaja, --- insiste el sacerdote--- aquí no hay ni bultos, ni espantos.---
--- Hay señor cura…. Ud. No estaba allí, que fello se sintió, era un ensabanado, que se tiró y desapareció en el aire.---
--- La verdad padre… Es que hace mucho tiempo, contaban las señoras que espantaban en el campanario --- indica una de las damas rezadoras.
--- Hay doña Tina y usted sabe la historia acaso?---
--- Cuentan que hace muchos años, había un sacristán, Aníbal se llamaba, que la gente decía que era muy enamorado…….
“Así fue:…
--- Hay Jovita que linda que está, haber cuando me deja que la acompañe al parque o a su casa.---
---Hay don Anibal, usted siempre tan casaquero, a todas las muchachas que pasan por aquí les debe decir lo mismo.---
--- No niña, solo a Ud. Que me tiene como chorizo en tienda, de verdad me gusta mucho….---
--- No muy le creo, si dicen que se ha enamorado a varias de las muchahcas que vienen por aquí.----
          El sacristán, hombre de mediana edad que había hecho su vida junto a la iglesia, soltero, funcionaba como asistente del Cura Párroco de la iglesia, se las llevaba de zalamero y cantineador de todo lo que llevaba faldas, pero nunca se supo de alguna relación formal en su vida.
          Usualmente se sentaba en portón de la iglesia, a ispiar a cuanta persona se asomaba por la iglesia y a espantar a los bolitos e indigentes que llegaba a dormir la mona en el atrio o interrumpir los actos litúrgicos.
          Colocaba su sombrero a la par de la silla, saludaba muy cortésmente a todos y cada uno de los feligreses que se interesaban en asistir al templo, sobre todo a las damas  con las que se ponía de pie y les hacía reverencia.
          Así fue como conoció a Jovita, una joven muy guapa, que tenía un puesto en el mercado donde vendía pan y tortas de Shusho, frescos de frutas naturales. Ella era muy platicadora, coqueta  y simpática, con un buen número de pretendientes.
          El sacristán le gustaba acompañarla hasta su casa y en ocasiones hasta el mercado, con el objetivo de conquistarla. La verdad es que Aníbal se había enamorado de ella y siempre trataba de buscarla, para hacerle saber de sus intenciones de juntarse con ella o a lo mejor hasta casarse.
          El tiempo había transcurrido y la chica jamás le había aceptado, siempre le daba excusas o se negaba en ocasiones a ser acompañada, por lo que Aníbal se amargaba y sufría por la actitud de la señorita. En cierta ocasión, le hizo encuentro en la salida de la iglesia y la confrontó:
---Mi querida Jovita, necesito charlar con usted….. Sabe que desde hace algún tiempo yo le he estado insistiendo, de que deseo fervientemente que me acepte como su novio, estoy locamente enamorado de usted y quiero que piense en casarse conmigo.---
--- Ay don Aníbal --- le respondió, mientras le mostraba sorpresa --- la verdad es que yo no creo que usted esté enamorado de mi, ilusionado tal vez, pero dese cuenta que yo, no creo haberle dado alas para que sienta que yo tengo, o le haya manifestado algún sentimiento. Usted es una persona muy especial, correcta y buena, pero tanto como para un noviazgo y menos para un matrimonio, no estoy…. Yo no quiero que lo tome a mal, pero una amistad sería como le podría corresponder.---
          El se quedó callado y a pesar de que continuó caminando a la par de la chica, no emitió palabra, los ojos se le pusieron colorados y tan solo por la hombría no lloró.
--- Señorita Jovita --- insistió --- yo le pido que lo considere, no me deje con esta congoja, este sufrimiento que se ha venido prolongando desde que la conozco… Yo estoy dispuesto a espera un tiempo con el fin de que usted lo piense, para que me de una respuesta.---
          Ella aligeró el paso y sin emitir ninguna palabra se alejó a toda prisa del lugar, dejando a media calle al sacristán.
          Las semanas pasaron sin ninguna respuesta, las visitas de Jovita a la iglesia se hicieron menos frecuente y le jugaba la vuelta a Aníbal quien le esperaba por la puerta principal y ella se escapaba por alguna de las puertas laterales.
--- Doña Herlinda, dígame, no se ha visto a Jovita, que ya tiene ratos de no venir a la iglesia.---
-- Ni señas Aníbal, no la he visto.---
          Con el espíritu acongojado, un día después de la misa de las 10 de la mañana, se hizo con valor y se dirigió hasta el mercado, pasó frente a los comedores hasta llegar donde estaba el puesto de refrescos. Sorpresa, allí encontró a otra persona.
--- Niña dígame y Jovita?---
--- Ah pues, no está!... ella ya no trabaja aquí…---
--- Como así ya no trabaja?.... y para donde se fue?---
---Si, ya no trabaja, yo me quedé en su lugar.--- luego --- Usted debe de ser el tal Aníbal… verdad?. ---
--- ¡ SI ! ----
---Acaso usted no sabe que su novio, un fulano de la capital se la llevó, robada como dicen, pues no se si fue con su voluntad, pero no se sabe nada de ella.---
          El rostro se le desfiguró, aun con esfuerzo lágrimas brotaron de sus ojos, tomó su pañuelo rojo de bolitas, se lo restregó y salió corriendo del lugar. El corazón se le salía del pecho y las piernas le temblaban….
          Retornó a la iglesia.
          Era la hora, 7 de la noche,  la hora santa, allí en el campanario, se encontraba Aníbal, presto a hacer sonar las campanas. Había permanecido allí, hasta recibir la señal de hacer mover el badajo. Lo que hizo tañir con tanta fuerza que los asistentes se asustaron y se pusieron atentos al repique.
          De pronto se produjo un silencio, seguido de un grito de los feligreses que se encontraban en el atrio de la iglesia, donde hizo impacto el cuerpo del sacristán, que se había lanzado al vacío….
---Jesús, María y José --- fue la exclamación de los presentes.
Y de allí viene el espanto del Sacristán que se suicidó.
Así fue la historia
--- ¡Ya vió Sr. Cura, usted ni le cree a uno…! ---