Mi
salida matutina contempla una caminata por las orillas del cerro del Carmen,
que me lleva hasta el parque Isabel la Católica, donde corono el diario ejercicio, luego
regreso, pasando por la novena avenida,
donde se encuentra la señora en su
changarro de la esquina, que vende jugo de naranja, con huevos frescos,
ampollas de Ginsen, para dar energía. Ella con su delantal de cuadritos verdes,
se multiplica atendiendo a los consuetudinarios clientes que todas las mañanas hacen
la espera por su alimento.
--- Buenos días Don Chentío… siempre
su juguito con dos huevos y su ampollita.---
---Claro doña…. Así merito.---
Le
entrega los cinco pesos del consumo, mientras ella aprieta el aparato saca
jugos, colocándolo en los vasos en forma de cono invertido, después de quebrar
los dos huevos los deja caer en el vaso. Inmediatamente seca las manos con un trapo y rompe la
ampolla, mostrando que la pone en el recipiente. Luego revuelve en su bolso las
monedas que se convertían en vuelto.
Continúo
mi trayecto de regreso, por la 10ª “A”,
cruzo la respectiva
--- Ya debe de ser tarde --- pienso.
Si
ya se que son mas de las 7 A.m.,
pues las damas que venden sus favores ya están en el punto atalayando a sus
clientes. Las gentes corren en todas
direcciones en búsqueda de transporte o de sus lugares de trabajo.
El tráfico se ve incrementado sobre
la primera calle, donde pasan a toda máquina, los buses que vienen de los
municipios y carretera del Atlántico que hacen su recorrido escandaloso, ejecutando
carreras en competencia para escamotearse el pasaje que se dirige a la Terminal de la Zona 4.
Es
una panorámica que se vive de diario, que distrae la mente. Volteo un tanto de
curiosidad para ver el parque de la esquina de la Avenida Juan Chapín, donde
varios corredores se aventuran a subir la colina, recorriendo con esfuerzo las
escalinatas de piedra laja, que van hacia el cielo. Desde allí se observaba la
cúpula blanca de la ermita en la punta del cerro.
Mientras
camino, sobre la acera de la derecha por el costado de la Iglesia de Candelaria, se
me acercaba un sujeto:.
--- Abuelo…. No tiene un peso para
quitarme la goma.--- es la cantaleta que todos los días de los bolitos, que se recuestan
en la banqueta y en las gradas de la
escalinata de la entrada lateral del Templo.
En
el atrio, se apostan las inditas que venden el atol de masa, con frijoles
negros en pepita manchado de chile, o el de elote, con granos de maíz amarillo,
que los parroquianos saboréen, junto a los comentarios del día.
Las
bancas del negocio permanecen ocupadas por los que pasean por el área o a los que
les agarra el estómago vacío, la hora de la refa. No faltan las tostadas
rojas de salsa, de frijol o las verdes de aguacate con queso y cebolla. La simpática caseta donde venden los dulces
típicos, donde la señora espanta los bichos que sobrevuelan los volcanes de los
mazapanes, los colochos de guayaba, las cajetas, los cuadritos en trozos de
pepita. Algo mas como las canillas de leche, las cocadas, las bolas de
tamarindo, el atractivo del arte culinario de dulce. No digamos el chilacayote
que hace que se le haga agua la boca y tantas babosaditas de caramelo que asemejan
una feria de sabores.
En
el atrio hago un pequeño descanso, sentado en la grada para recuperarme de
sofocamiento, mientras disfruto del panorama que se complementa con el
periodiquero, que de viva voz anuncia los titulares de los diarios. Los
escolares que corren hacia la
Casa del Niño, donde les reciben para cuidados de su edad.
Las señoras santulonas que ingresan con sus mantos color negro, cargadas de
pecados en fin, asistentes a los oficios religiosos. A la distancia se deja escuchar el
responso del Cura a través de los altoparlantes, invitando a los feligreses
pirujos a asistir al acto litúrgico. El sacristán se aposta en la puerta con el
instrumento repartiendo humo de incienso, sahumerios para alejar a los malos
espíritus. El órgano hace su introducción que se complementa con el coro en
las Aleluyas respectivas.
Tomando
un segundo aire me pongo de pie, me dispongo a continuar mi recorrido, que me
lleva a la esquina de la 14 avenida donde se lee pegado con tachuelas en la puerta de una vivienda. “Se retocan Imágenes”. Continúo a mi derecha,
pasando por la Lechería,
donde hace algunos años propietarios acostumbraban hacer las alfombras de
Semana Santa, específicamente para el Domingo de Ramos, para la procesión de la Iglesia de San José, donde
después del paso de la espectacular anda de 120 brazos, los feligreses se
tiraban al suelo a recoger los quesos, las frutas y los panes, como si fueran
dulces de una piñata.
Allí
donde termina la Avenida
de San José y se entronca con la 14 avenida, esta la casa donde vivió el ilustre
Premio Novel de Literatura, Miguel Angel Asturias. El de las hojas verde,
verdes, verdes…. Y de “El Señor Presidente”, ahora erigieron un monumento en su
honor que señala el estandarte del escritor.
El
retorno es evidente debido al cansancio y aun asi recorro, la Avenida de los árboles de
la tercera a la 1ra avenida, bueno ya casi no hay árboles, pero la avenida aun
se llama asi. En mi recorrido veo casa donde estuvo la tienda de Doña Mari,
donde se fabricaban y se expendían los dulces típicos, mejor elaborados del
barrio, pero como muchas cosas se terminó. Adelante “La Arriola”, panadería con
gran prestigio por sus polvorosas y además de las empanadas de leche, ciruela y
de salmón. El billar de don Güicho y la funeraria de la esquina, que hace que
mi recorrido casi ponga fin con mi fuerza, sin dar mi brazo a torcer y quizás
arrastrando algo los tenis me hago al retorno en el primer pasaje Navarrete,
para volver a mi Hogar Dulce Hogar.
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