viernes, 21 de septiembre de 2012

EL BARRIO CANDELARIA



             Mi salida matutina contempla una caminata por las orillas del cerro del Carmen, que me lleva hasta el parque Isabel la Católica, donde corono el diario ejercicio, luego regreso, pasando por  la novena avenida, donde se encuentra la señora en  su changarro de la esquina, que vende jugo de naranja, con huevos frescos, ampollas de Ginsen, para dar energía. Ella con su delantal de cuadritos verdes, se multiplica atendiendo a los consuetudinarios clientes que todas las mañanas hacen la espera por su alimento.

--- Buenos días Don Chentío… siempre su juguito con dos huevos y su ampollita.---
---Claro doña…. Así merito.---
          Le entrega los cinco pesos del consumo, mientras ella aprieta el aparato saca jugos, colocándolo en los vasos en forma de cono invertido, después de quebrar los dos huevos los deja caer en el vaso. Inmediatamente  seca las manos con un trapo y rompe la ampolla, mostrando que la pone en el recipiente. Luego revuelve en su bolso las monedas que se convertían en vuelto.
          Continúo mi trayecto de regreso, por la 10ª  “A”, cruzo la respectiva
--- Ya debe de ser tarde --- pienso.
          Si ya se que son mas de las 7 A.m., pues las damas que venden sus favores ya están en el punto atalayando a sus clientes.  Las gentes corren en todas direcciones en búsqueda de transporte o de sus lugares de trabajo.
El tráfico se ve incrementado sobre la primera calle, donde pasan a toda máquina, los buses que vienen de los municipios y carretera del Atlántico que hacen su recorrido escandaloso, ejecutando carreras en competencia para escamotearse el pasaje que se dirige a la Terminal de la Zona 4.
          Es una panorámica que se vive de diario, que distrae la mente. Volteo un tanto de curiosidad para ver el parque de la esquina de la Avenida Juan Chapín, donde varios corredores se aventuran a subir la colina, recorriendo con esfuerzo las escalinatas de piedra laja, que van hacia el cielo. Desde allí se observaba la cúpula blanca de la ermita en la punta del cerro.
          Mientras camino, sobre la acera de la derecha por el costado de la Iglesia de Candelaria, se me acercaba un sujeto:.
--- Abuelo…. No tiene un peso para quitarme la goma.--- es la cantaleta que todos los días de los bolitos, que se recuestan en la banqueta y en las gradas de  la escalinata de la entrada lateral del Templo.
          En el atrio, se apostan las inditas que venden el atol de masa, con frijoles negros en pepita manchado de chile, o el de elote, con granos de maíz amarillo, que los parroquianos saboréen, junto a los comentarios del día.
          Las bancas del negocio permanecen ocupadas por los que pasean por el área o a los que les agarra el estómago vacío, la hora de la refa. No faltan las tostadas rojas de salsa, de frijol o las verdes de aguacate con queso y cebolla.  La simpática caseta donde venden los dulces típicos, donde la señora espanta los bichos que sobrevuelan los volcanes de los mazapanes, los colochos de guayaba, las cajetas, los cuadritos en trozos de pepita. Algo mas como las canillas de leche, las cocadas, las bolas de tamarindo, el atractivo del arte culinario de dulce. No digamos el chilacayote que hace que se le haga agua la boca y tantas babosaditas de caramelo que asemejan una feria de sabores.
          En el atrio hago un pequeño descanso, sentado en la grada para recuperarme de sofocamiento, mientras disfruto del panorama que se complementa con el periodiquero, que de viva voz anuncia los titulares de los diarios. Los escolares que corren hacia la Casa del Niño, donde les reciben para cuidados de su edad. Las señoras santulonas que ingresan con sus mantos color negro, cargadas de pecados  en fin, asistentes a los oficios religiosos. A la distancia se deja escuchar el responso del Cura a través de los altoparlantes, invitando a los feligreses pirujos a asistir al acto litúrgico. El sacristán se aposta en la puerta con el instrumento repartiendo humo de incienso, sahumerios para alejar a los malos espíritus. El órgano hace su introducción que se complementa con el coro en las Aleluyas respectivas.
          Tomando un segundo aire me pongo de pie, me  dispongo a continuar mi recorrido, que me lleva a la esquina de la 14 avenida donde se lee pegado con tachuelas en la puerta de una vivienda.  “Se retocan Imágenes”. Continúo a mi derecha, pasando por la Lechería, donde hace algunos años propietarios acostumbraban hacer las alfombras de Semana Santa, específicamente para el Domingo de Ramos, para la procesión de la Iglesia de San José, donde después del paso de la espectacular anda de 120 brazos, los feligreses se tiraban al suelo a recoger los quesos, las frutas y los panes, como si fueran dulces de una piñata.
          Allí donde termina la Avenida de San José y se entronca con la 14 avenida, esta la casa donde vivió el ilustre Premio Novel de Literatura, Miguel Angel Asturias. El de las hojas verde, verdes, verdes…. Y de “El Señor Presidente”, ahora erigieron un monumento en su honor que señala el estandarte del escritor.
          El retorno es evidente debido al cansancio y aun asi recorro, la Avenida de los árboles de la tercera a la 1ra avenida, bueno ya casi no hay árboles, pero la avenida aun se llama asi. En mi recorrido veo casa donde estuvo la tienda de Doña Mari, donde se fabricaban y se expendían los dulces típicos, mejor elaborados del barrio, pero como muchas cosas se terminó. Adelante “La Arriola”, panadería con gran prestigio por sus polvorosas y además de las empanadas de leche, ciruela y de salmón. El billar de don Güicho y la funeraria de la esquina, que hace que mi recorrido casi ponga fin con mi fuerza, sin dar mi brazo a torcer y quizás arrastrando algo los tenis me hago al retorno en el primer pasaje Navarrete, para volver a mi Hogar Dulce Hogar.

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