martes, 4 de septiembre de 2012

EL SACRISTAN


          El desgaste del piso de las gradas, forma una hondonada de polvo de ladrillo, en el caracol de ascenso hasta la cúpula del campanario, donde reposan pendientes de un madero carcomido por las termitas, las viejas bonachonas campanas de metal que serven para anunciar los actos y festividades del templo.
          Las paredes descascaradas, dejan ver las puntas derruidas de los ladrillos, pegados con cal y clara de huevo, adornadas con rótulos, corazones atravesados por una flecha identificados con iniciales de un antiguo idilio de algunos de los muchachos acólitos que en alguna vez escribieron su nombre cuando ascendieron hasta la torre.
          Las palomas han hecho por largo tiempo sus nidos en el cascarón del techo, habiendo dejado las muestras de sus excretas sobre las campanas color marrón, con la figura de algún santo, ángeles o la señal de la cruz.
          A las 7 de la noche, cuando se celebraba la hora santa, los jóvenes monaguillos son comisionados a subir a la torre con el fin de hacer el repique que anunciaba el inicio del acto. Las señoras caminan dentro de la nave de la iglesia con sus mantillones negros sobre su cabeza, los rosarios de guía del rezo que se hamaquean desde sus manos sobre los faldones largos de su vestimenta.
          El repique inició su letanía muy en punto, mientras sorprendidos los muchachos, se empujan en la entrada del campanario, pensando que alguien se les ha adelantado en el retoque. Con una sensación de miedo inician el ascenso hasta llegar a la escotilla que da al espacio de la cúpula, la cual empujan pero el peso de alguien les impide abrirla. El talán, talón de los repiques retumba en los oídos de los chicos que permanecen estáticos, luego insisten en levantar la tapadera que les lleva a su destino.
          El sonido continuó por espacio de unos minutos, hasta que se detiene, en ese momento la puerta de la escotilla cede y permite la entrada de los chicos. Sorpresa no hay nadie, el  badajo continua columpiándose que hace sonar la campana mayor, la sombra de una persona les ronda por el rostro, les envuelve en miedo y luego se lanza al vacío.
---¡Ayyyyyyy….! --- grita Santiago, cuando la sensación de calofrío le recorre el cuerpo.
          Ernesto que apenas ha traspasado la pequeña entrada, se queda mudo y cae de espaldas a los pies de su compañero.
--- ¿Qué pasó --- grita malhumorado, es el sacristán que termina de subir a toda prisa por la escalinata--- ---Uds., ¡siempre jugando y no le ponen seriedad a lo que hacen! ¡subieron a tocar las campanas! ¿o que? -
--- ¡Nos espantaron… don Agustín! ----
--- Ya voy a creer…. Váyanse para abajo, todo lo tengo que hacer yo, nadie viene a ayudar --- y se queda refunfuñando mientras los chicos se hacen con cara de susto en la sacristía donde el cura  les espera, junto a las rezadoras.
--- Con que los espantaron…. Jajaja, --- insiste el sacerdote--- aquí no hay ni bultos, ni espantos.---
--- Hay señor cura…. Ud. No estaba allí, que fello se sintió, era un ensabanado, que se tiró y desapareció en el aire.---
--- La verdad padre… Es que hace mucho tiempo, contaban las señoras que espantaban en el campanario --- indica una de las damas rezadoras.
--- Hay doña Tina y usted sabe la historia acaso?---
--- Cuentan que hace muchos años, había un sacristán, Aníbal se llamaba, que la gente decía que era muy enamorado…….
“Así fue:…
--- Hay Jovita que linda que está, haber cuando me deja que la acompañe al parque o a su casa.---
---Hay don Anibal, usted siempre tan casaquero, a todas las muchachas que pasan por aquí les debe decir lo mismo.---
--- No niña, solo a Ud. Que me tiene como chorizo en tienda, de verdad me gusta mucho….---
--- No muy le creo, si dicen que se ha enamorado a varias de las muchahcas que vienen por aquí.----
          El sacristán, hombre de mediana edad que había hecho su vida junto a la iglesia, soltero, funcionaba como asistente del Cura Párroco de la iglesia, se las llevaba de zalamero y cantineador de todo lo que llevaba faldas, pero nunca se supo de alguna relación formal en su vida.
          Usualmente se sentaba en portón de la iglesia, a ispiar a cuanta persona se asomaba por la iglesia y a espantar a los bolitos e indigentes que llegaba a dormir la mona en el atrio o interrumpir los actos litúrgicos.
          Colocaba su sombrero a la par de la silla, saludaba muy cortésmente a todos y cada uno de los feligreses que se interesaban en asistir al templo, sobre todo a las damas  con las que se ponía de pie y les hacía reverencia.
          Así fue como conoció a Jovita, una joven muy guapa, que tenía un puesto en el mercado donde vendía pan y tortas de Shusho, frescos de frutas naturales. Ella era muy platicadora, coqueta  y simpática, con un buen número de pretendientes.
          El sacristán le gustaba acompañarla hasta su casa y en ocasiones hasta el mercado, con el objetivo de conquistarla. La verdad es que Aníbal se había enamorado de ella y siempre trataba de buscarla, para hacerle saber de sus intenciones de juntarse con ella o a lo mejor hasta casarse.
          El tiempo había transcurrido y la chica jamás le había aceptado, siempre le daba excusas o se negaba en ocasiones a ser acompañada, por lo que Aníbal se amargaba y sufría por la actitud de la señorita. En cierta ocasión, le hizo encuentro en la salida de la iglesia y la confrontó:
---Mi querida Jovita, necesito charlar con usted….. Sabe que desde hace algún tiempo yo le he estado insistiendo, de que deseo fervientemente que me acepte como su novio, estoy locamente enamorado de usted y quiero que piense en casarse conmigo.---
--- Ay don Aníbal --- le respondió, mientras le mostraba sorpresa --- la verdad es que yo no creo que usted esté enamorado de mi, ilusionado tal vez, pero dese cuenta que yo, no creo haberle dado alas para que sienta que yo tengo, o le haya manifestado algún sentimiento. Usted es una persona muy especial, correcta y buena, pero tanto como para un noviazgo y menos para un matrimonio, no estoy…. Yo no quiero que lo tome a mal, pero una amistad sería como le podría corresponder.---
          El se quedó callado y a pesar de que continuó caminando a la par de la chica, no emitió palabra, los ojos se le pusieron colorados y tan solo por la hombría no lloró.
--- Señorita Jovita --- insistió --- yo le pido que lo considere, no me deje con esta congoja, este sufrimiento que se ha venido prolongando desde que la conozco… Yo estoy dispuesto a espera un tiempo con el fin de que usted lo piense, para que me de una respuesta.---
          Ella aligeró el paso y sin emitir ninguna palabra se alejó a toda prisa del lugar, dejando a media calle al sacristán.
          Las semanas pasaron sin ninguna respuesta, las visitas de Jovita a la iglesia se hicieron menos frecuente y le jugaba la vuelta a Aníbal quien le esperaba por la puerta principal y ella se escapaba por alguna de las puertas laterales.
--- Doña Herlinda, dígame, no se ha visto a Jovita, que ya tiene ratos de no venir a la iglesia.---
-- Ni señas Aníbal, no la he visto.---
          Con el espíritu acongojado, un día después de la misa de las 10 de la mañana, se hizo con valor y se dirigió hasta el mercado, pasó frente a los comedores hasta llegar donde estaba el puesto de refrescos. Sorpresa, allí encontró a otra persona.
--- Niña dígame y Jovita?---
--- Ah pues, no está!... ella ya no trabaja aquí…---
--- Como así ya no trabaja?.... y para donde se fue?---
---Si, ya no trabaja, yo me quedé en su lugar.--- luego --- Usted debe de ser el tal Aníbal… verdad?. ---
--- ¡ SI ! ----
---Acaso usted no sabe que su novio, un fulano de la capital se la llevó, robada como dicen, pues no se si fue con su voluntad, pero no se sabe nada de ella.---
          El rostro se le desfiguró, aun con esfuerzo lágrimas brotaron de sus ojos, tomó su pañuelo rojo de bolitas, se lo restregó y salió corriendo del lugar. El corazón se le salía del pecho y las piernas le temblaban….
          Retornó a la iglesia.
          Era la hora, 7 de la noche,  la hora santa, allí en el campanario, se encontraba Aníbal, presto a hacer sonar las campanas. Había permanecido allí, hasta recibir la señal de hacer mover el badajo. Lo que hizo tañir con tanta fuerza que los asistentes se asustaron y se pusieron atentos al repique.
          De pronto se produjo un silencio, seguido de un grito de los feligreses que se encontraban en el atrio de la iglesia, donde hizo impacto el cuerpo del sacristán, que se había lanzado al vacío….
---Jesús, María y José --- fue la exclamación de los presentes.
Y de allí viene el espanto del Sacristán que se suicidó.
Así fue la historia
--- ¡Ya vió Sr. Cura, usted ni le cree a uno…! ---

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