jueves, 30 de agosto de 2012

BARRIO DE LA PARROQUIA



          Llegado el domingo deambulaba por la avenida de los árboles, mientras las hojas se desprendían anunciando el otoño, calles que había recorrido a lo largo de mi vida. El frío de la mañana hacía que me escondiera las manos en las bolsas del pantalón, de mi desgastado tacuche color gris a líneas verticales, que me lucía guangocho. Era de aquellos trajes traslapados de la moda de los 80, que las hombreras se caían sobre los brazos y  dejaba ver el caricaturesco personaje de una comedia, de mediados de siglo.
          El sombrerito Tirolés color verde añejado, que en alguna ocasión me regaló mi padre, con una maltrecha pluma de ave en la franela que unía las alas de la copa. Había olvidado decir que me dirigía a la iglesia, a la de la Parroquia de la Santa Cruz, a darle buenos días al Buen Dios, pedir sus bendiciones y escuchar la santa misa como era la costumbre. Pero por el clima me había hecho cambiar de decisión y regresar a mi aposento.
          Iglesia, enclavada en la avenida de los árboles o 15 avenida, que luego circulaba hacia el norte, como quien va por los linderos de la cementera, por donde por muchos años transitaron las vasijas de barro, cántaros y todo lo que se produce de talpetate cocido, proveniente del municipio de Chinautla, al mercado de la parroquia.

          Allí también, en el pasado, tenía su recorrido sobre rieles el tranvía jalado por mulas, que de la avenida de los árboles, llegaba frente a la iglesia y retornaba por la avenida central a la calle de San José, hasta completar su ruta en el parque central.
          Por los vientos gélidos, opte por doblar hacia fuera las solapas y cubrirme el cuello, si,  había olvidado la bufanda de cuadritos rojos que me asistía en la prevención de los catarros. En fin apresuré el paso doblando hacia la calle y tomar la avenida central, donde se encontraba el primer pasaje Navarrete, donde se encontraba mi casa.  Allí me esperaba una tasa de café caliente de por ay de las Verapaces, una champurrada o unas hojaldras de las que hacía famosa las panaderías del barrio. Por supuesto me había perdido el primer turno de misa, pero en fin, mas tarde había otras oportunidades, ya con el solecito mas caliente.
--- No me vayas a decir que volviste de misa?--- dijo la abuela --- no solo como te cuesta ir a  la iglesia, ---
---Lo que sucede es que esta muy helado afuera y preferí regresar a abrigarme mejor e ir al siguiente horario de la iglesia.---
--- Ves por no querer ir conmigo a las 10. ---
          --- La realidad es que no muy me gusta la prédica del padre Julio, a veces me da sueño y me distraigo. Pero a vos te fascina ir, es por que te juntas con todo ese grupo de viejas que solo llegan a Pela-ticar.---
--- Ya vas…, con ese grupo de señoras nos juntamos para colaborar con las cosas de la iglesia ---
--- Vaya pues hacen labor social…….---
--- Y no te la vayas a creer que ahora te vas a ir conmigo, peor con ese vestuario de anticuario, ponete ropa mas de diario y además ese tu sombrerito ya no te luce esa es de la época de tu papá del siglo pasado.---
--- Entonces vos querés que me ponga un pantalón de lona, una camisa tipo playera y…--- le interrumpió
--- y nada en la cabeza, una sudadera y tu bufanda necia de cuadritos. Si.!---
--- Vaya pues CHOFA…. A las ordenes jefe. Je, je, je.----
          La antañona parroquia de la Santa Cruz, la mas antigua de las iglesias de la ciudad, que sufrió muchos cambios desde los terremotos de 1976 y traslados desde que tengo memoria. Como cuando se amplio la salida al Atlántico. Con su amplia nave, donde actualmente se venera a Jesús de Nazareno de las tres Potencias, obra del insigne Quirio Cataño…, mostrando su majestuosidad.
                    El  Santo Fray Bartolomé de las casas, el protector de los indígenas, cuya estatua se encontraba de pié en la orilla del parque frente a la iglesia, le daba una singular belleza al paseo, donde los domingos se transformaba en feria de enamorados, visitantes y hasta prédicas de evangélicos. El santo con todo y tujas se vió trasladado por  ascenso al  parque de los jardines de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, Iglesia de Sto. Domingo, ascenso digo, por aquello del cashé de llegar al Centro Histórico, en la zona 1.
          Las bancas de concreto con patas en forma de colochos, donde los enamorados se llegaban a contemplar  y sobarse las manos, pues no se podía mas. Los grupos de limpiabotas ofreciendo sus servicios, mientras otros reunidos con los vagos jugaban cartas o tipachas. Vaya si no de pronto un engomado, dormía la mona debajo de las bugambilias del lugar, otros personajes del escenario lo complementaban los vendedores de periódico, las paisanas que al filo del medio día expendían tortillas, chuchitos y tamales.
          Frente, el antiguo edificio de la Policía Nacional que antes era la de tránsito. Se encontraba el famoso cine Alameda, donde la patojada asistía para los beneficios en el pasado, espectáculos de 3 o 4 películas, con marimba en el intermedio, con apenas quince len para pagar la entrada, ahora convertido en una tienda de supermercado.  Además en su vecindad existían las peluquerías de la época, una tienda para tomar fotos al segundo, ja, y al primero saludes. La fuente del saber la Escuela “Alejandro Marure”, ya toda pintarrajeada, de maras, en la calle, autos en trozos, destruidos por vandalismo, que había caído en manos de la autoridad y en ese cementerio los descuajaban con el fin de robarles hasta los caballos de fuerza. Cuantos patojos y muchachos habían pasado por esas aulas. Olvidaba mencionar que en la esquina opuesta estaba Las Morenitas, pulpería famosa por sus cremas, lugar de reunión de adolescentes. Frente a ellas, en el lado norte, se ubicaban las Caleras, donde cocía la piedra caliza, con leña de pino para producir la materia prima de la mezcla
          En la avenida central, no tan comercial como la otra, resaltaban los comercios de tortillas, una abarrotería y la famosa Pensión Modelo. Ya en el callejón de la hielera, al caer de la tarde. Las domesticas en sus mejores galas caminan por la avenida, con la elegancia de sus trajes típicos, correteando y haciendo bromas en su descanso dominical, los muchachos las atalayaban por las esquinas y les juegan a la corte en franco cantineo. Uno que otro futbolista luciendo su uniforme con parches de lodo y zapatos de tacos colgados en el hombro, regresan a sus viviendas después de un deportivo fin de semana. Frente a la casa de los Luna, se aglomeraban los muchachos que salía a bicicletear, haciendo competencias.
          Las pelotas de plástico se dejaban escuchar y sobretodo los rebotes que tronaban en los portones de las casas, mas aún en la persiana metálica del fondo. La palomilla de muchachitos que son sacados a la calle para que dejen dormir la siesta a sus irresponsables padres. Donde los mas grandecitos, de la panadería de la esquina se  hacen a  la fiesta del fut bol, somatando puertas y conectando las alarmas de los vehículos estacionados, pero la tranquilidad del barrio se interrumpe evidentemente cuando los adolescentes de la pandilla  de enfrente, corren por las chicas de su edad que se llegaban a mostrar de sus calenturas de los 14 años, mientras las amontonan en los dinteles de las puertas o disque jugando arranca cebolla y otras cosas.
          Las bandadas de sanates y clarineros, se dirigen revoloteando hacia la avenida de los árboles donde después de la alharaca pernoctan, los rayos del sol se esconden detrás de las viviendas y las lámparas color amarillo titilan para dar luz, mientras la penumbra se hace presente, para luego dejar pasar el fresco manto de la noche. Transeúntes que les agarró la tarde pasan a la pulpería de la esquina a empinarse el último trago de Indita del día, con boca de rábano. Corren furtivos para que en casa no lo pillen.  Ahora ya reina el silencio, una campana se oye a la distancia, llamando a los fieles para la última misa….
          A lo lejos se deja escuchar las últimas palmadas de la tortillería, que se encuentra a medio cerrar, ya la señora que vende los mangos verdes, pico de gallo, recoge su canasto y su banquito, para retornar a su casa y finalizar su labor del domingo, alguien pasa ocultando el rostro de su pareja al abandonar el hotel y correr hasta la esquina para abordar el bus de la Fenix, para perderse en el anonimato.





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