martes, 5 de febrero de 2013

EL RELOJ DE LA TORRE.



          Una joven corre por los jardines de la casa solariega del comendador del lugar, con sus enaguas en las manos y lágrimas en sus ojos, que muestran en suspiros la congoja de su alma que supera el miedo. Las veredas se hacen mas angostas y congestionadas, en la agonía de escaparse de su pecado, mientras a lo lejos se escuchan los perros conducidos por los lacayos, aúllan de carrera, tras la víctima, guiados por su agudo olfato.
          La insospechada fuga se prolonga, desde los montes hasta los bordes del desfiladero que corona en el monte del barranco, desde allí, donde el río se retoza entre las piedras, se enseña una caída sin fin de agua brava. Por allí agitada pasa, pidiendo clemencia a su conciencia. Las aves del paraíso se hacen presentes en el rocío del acontecer del final de la tarde, que saltan de rama en rama, enseñándole a los pericos a comentar en bulla, los trinos inherentes del bosque de lluvia primaveral.
          La distancia se acorta verdaderamente y ella con pequeñas zancadas obliga a los helechos y las hojas de quequeshque, a que oculten sus huellas en las laderas de musgo, que rodean el lecho donde salpica el agua de la cascada.
          Con la fatiga en la mano, por la angustia de su correteo, se ve de pronto sorprendida y copada por los sirvientes de la casa, quienes le acosan, truncándole el paso. Toma un último aliento y opta por lanzarse al fondo del abismo, dirigida hacia el recodo de una poza. Nunca mas apareció en la superficie, mientras las burbujas se multiplicaban en las corrientes, que se deslizaban en forma de olas hacia el cause en descenso, el silencio del desfiladero se la tragó, solo el fluido del líquido se arremangó en el instante en que dictaminó su pérdida. Un tiempo después el cuerpo fue levantado kilómetros mas abajo, abandonado a su suerte y sin espíritu.
          En el velorio, un ataúd cubierto de flores blancas reposa en el salón entre cuatro candelas, un grupo de rezadoras de letanías, la encomiendan al buen Dios. Como es costumbre, una pintura a los pies del féretro, muestra la singular belleza de la difunta.
--- Que linda ella era... --- Comentaba uno de los asistentes ---
--- La niña recibió su castigo, se ahogó junto a su pecado.--- insistió otro
--- Pero tendremos pronto al culpable, Señor comendador, ¡pronto sabremos quien fue el infame que se aprovechó de ella! ---
---  Si… muerte al desgraciado.---
--- Procedan a su captura, lo haremos confesar…---
          Por orden del Comendador, el sepelio se realizó acabo en secreto, el ataúd fue trasladado lejos de lugar, nunca se llegó a saber donde había sido  enterrada, se borró Margarita de la memoria de su familia.
          En un cuarto tenuemente alumbrado por un cabo de candela, sentado semi desnudo permanece Ignacio, sacerdote religioso de la Orden que administra el convento de la región. Junto a él los vasallos que obran como jueces y jurado, le interrogan, mientras  el verdugo despiadadamente le somete a suplicio, golpes inmisericordes que le revientan el cuerpo, con el fin de obtener una confesión del crimen. La acusación basada en elucubraciones que lo incriminaron por ser el consejero de la joven y permanecía mucho tiempo a su lado y por supuesto enterado de sus secretos a través de la confesión.
          Los moretones y heridas infringidas se multiplicaban, debido al mutismo del religioso, que se refugiaba en el rezo de su camándula que colgaba de su cordón de los tres nudos. Los golpes habían afectado su cuerpo, los brazos y piernas, los cuales fueron arremetidos con toda clase de instrumentos, los ecos de sus gemidos, se esparcían en el interior de las cámaras de tortura, en ningún momento ablandaban a su agresor, quien golpeaba en alma y cuerpo hasta hacen llegar al clímax del dolor, en múltiples ocasiones le habían hecho perder el sentido.
          Pasaron varias días, ya poco respondía, el cuerpo de Ignacio se consumía entre la sangre de las heridas, los malos olores de las cloacas, la falta de agua y alimento. De consuelo, los despojos del fraile fueron colocados engrilletado en una mazmorra, donde ya pérdida la poca esperanza de sobrevivencia, se dedicó a clamar en oración al ser supremo en espera del fatídico final,  con el voto de silencio en su memoria.
          Las ruedas metálicas, engranajes milimétricos que caminan pausadamente en el exacto tic tac, de un reloj, cuya marca del tiempo se acompaña de un péndulo que se mueve a sus costados para significar el tránsito de una vida, el sonido que se hace visible con el sobresalto de las agujas, que deambula circularmente como segundera sobre una carátula de números romanos que muestra su fisonomía hacia el frontispicio del edificio. Los brazos de la minutera que corre mas lenta y luego la horaria, se disfruta al concluir su paso por el XII, con el repique de varias campanas que señalan las en punto.
          El sonido se hace evidente dentro de la cúpula de la torre donde se contiene y hace su vivienda la máquina del tiempo. Las tapaderas metálicas cerradas en las paredes exteriores, se abren para permitir la entrada a la cúpula donde se le hace mantenimiento, donde en ocasiones manos expertas ingresaban a engrasan ruedas, movilizan cadenas, limpiar las pérgolas  y adecuar los pesos para que el funcionamiento se mantuviese exacto, los sonidos permanecieran afinados  de las campanas de tres toques.
          Amador, encargado del mantenimiento de la máquina, se había influenciado por las historias que derredor de los antiguos dueños del lugar y cargado de curiosidad en pos de una leyenda que se cernía en dicho palacio, se aventuró a conocer las interioridades del lugar, penetrado por una rendija que lo llevaba de la terraza del cabildo, hasta la torre. A escondidas, accionó sobre la pequeña puerta, penetrando al interior la cúpula donde ya en ocasiones anteriores había husmeado cuando trabajaba con el reloj. Su primera impresión fue por la curiosidad que en la cúpula en un ambiente cerrado había estructuras y pasadizos que nadie había explorado. Por lo que tomó valor y se hizo presente al interno.
          El poco espacio le obligaba a permanecer en cuclillas, mientras encontraba los rescoldos de ladrillos cubiertos de moho, lo antiguo hacía que levantara polvo al limpiar el espacio, la polilla se desprendía de los maderos del techo, las innumerables telas de araña, que como cortinas se estampan desde las esquinas, hacían del lugar un lúgubre espacio. La base también de troncos, crujía y rechinaba a la presencia de su peso. Con escaso movimiento trataba de disminuir la presión, mientras observaba a través de los agujeros donde el péndulo se bamboleaba. Abajo donde estaba oscuro se dejaba ver una escalinata  en forma de caracol, que termina en el vacío del fondo.
          Al movilizarse produjo una nube de polvo, los tablones sonaron cediendo en pequeños espacios que se doblaron, haciendo que se desprendieran de su base poniéndole en peligro. Previendo un accidente se movió al mínimo, intentando retornar al inicio, gateando para atrás, un fuerte trueno se dejó escuchar y los maderos abruptamente cedieron al peso, en caída libre se deslizó  rebotando en los peldaños de la escalinata, donde logró asirse, mientras la caja de herramientas, topó contra el péndulo y  luego cayó sonoramente, el desplome provocó el eco de un golpe en el fondo del pozo.
          El muchacho quedó güindado de una de las gradas, sin perder la cordura se enderezó logrando colocarse en el sentido de las gradas, con esfuerzos desciende las restantes gradas hasta alcanzar en fondo, a tientas busca dentro de la caja, de donde saca una lámpara de mano, al prenderla lo hace ver con mas seguridad el espacio que le rodea, a su diestra hay una entrada, un pasadizo franqueado por una puerta de barrotes metálicos oxidados, un candado antiguo, de aquellos de cinco lados, que frente al agujero donde se introduce la llave tiene una tapadera, este cuelga del picaporte. Intenta hacerle presión pero no cede, por lo que toma un machuelo y lo golpea, hasta romperlo, la puerta rechina y se arrastra cuando es movilizada.
          Una vez por dentro, agachado, penetra por el túnel que lo llevó a un espacio mas grande, esto le permitió ponerse de pie; la sensación de soledad adornada con una tenue luz se dibuja en la parte superior, donde unos vitrales dentro de pequeños respiraderos dejan pasar a cuenta gotas, las insinuaciones de los rayos de sol.
          Adelante el salón se hace mayor, al fondo donde las paredes sudan humedad termina en dos puertas, a la derecha un portón de madera con una tranca horizontal, engarzada en dos ganchos metálicos. Con sus manos levantó la tranca cuya madera se encuentra podrida y de un empellón la hizo ceder.
          Vaya sorpresa  en su interior, se encontró un macabro hallazgo, se era un cuerpo, un esqueleto semi sentado, cubierto con un hábito de monje, los brazos permanecían engargolados en grilletes colocados en cruz por encima de su cabeza, la calavera que apenas se sostenía, se recostada en la capucha del hábito, el cordón que en alguna vez fue blanco alrededor de la cintura sostenía un crucifijo, que formaba parte de un rosario, cuyas cuentas se desparramaron  sobre la loza. Los huesos de las piernas ya desorganizados se mostraban entre los restos de la manta, junto a las sandalias que carcomidas por el tiempo, se habían desarmado con los calcáneos deformes; los grupos de cucarachas salían despavoridas al ser señaladas por la luz de la lámpara.       Entonces pensó para sus adentros:
“oo Como lo imaginé, este debe de ser el cura que fue torturado y luego dejaron morir abandonado. Según la historia  era el que sabía que había pasado con la niña Margarita, hija del Comendador de la época. Quien, la había seducido y embarazado, nunca lograron que él confesara, simplemente fue brutalmente torturado y hecho desaparecido. Lo que nunca se supo, fue donde sepultaron el cadáver de la joven oo”
          Se agachó frente al cadáver y tomó el crucifijo, previo a examinarlo, lo limpió, la luz de la linterna le permitió leer la inscripción. “Para ti, de Margarita 1874.”
          Con el pensamiento puesto en la inscripción y con un tanto de miedo abandonó el lugar, donde al toparse con el fondo del pasadizo, donde encuentra la otra puerta, esta sostenida por una viga la que se encuentra atorada y caída por su propio peso, al presionarla la empuja, la mitad se destroza y se parte en pedazos, dejando expedita la entrada a un espacio pequeño, perteneciente a una catacumba. Un chiflón recorre el espacio de adentro hacia fuera, que hace que el joven le tiemblen las canillas, no tanto de frío como de miedo, después de tropieza en el piso de la entrada. En búsqueda de una pronta salida, se interna, hasta toparse con una pared a medio construir, una cripta, donde los ladrillos superiores se encuentran sueltos, haciéndole arrestos procede a quitarlos provocando una ventana hacia el interior, que le permiten meter la cabeza y parte del cuerpo. Con la presencia de la luz de la lámpara, visualiza un féretro.
          El espectro de una dama vestida de velos blancos, se materializa frente a sus ojos, con un bebe en brazos, que emerge del interior de el ataúd……
          Un grito se dejó escuchar hasta los confines de la torre, que hizo estremecer, los pasadizos y las paredes de las catacumbas del lugar, el eco de las vientos de la presencia sobrenatural, hace estremecer dentro de la cúpula, mientras tanto, los segunderos del reloj continúan su eterno tic tac, con el constante e impávido movimiento de los engranajes de cobre, que hacen recorrer las agujas sobre la hora en punto, para que anuncien fuertes los sonidos afinados de las campanas de tres toques y en inexorable paso del tiempo.            

  

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