Una
joven corre por los jardines de la casa solariega del comendador del lugar, con
sus enaguas en las manos y lágrimas en sus ojos, que muestran en suspiros la
congoja de su alma que supera el miedo. Las veredas se hacen mas angostas y
congestionadas, en la agonía de escaparse de su pecado, mientras a lo lejos se
escuchan los perros conducidos por los lacayos, aúllan de carrera, tras la
víctima, guiados por su agudo olfato.
La
insospechada fuga se prolonga, desde los montes hasta los bordes del
desfiladero que corona en el monte del barranco, desde allí, donde el río se
retoza entre las piedras, se enseña una caída sin fin de agua brava. Por allí
agitada pasa, pidiendo clemencia a su conciencia. Las aves del paraíso se hacen
presentes en el rocío del acontecer del final de la tarde, que saltan de rama
en rama, enseñándole a los pericos a comentar en bulla, los trinos inherentes
del bosque de lluvia primaveral.
La
distancia se acorta verdaderamente y ella con pequeñas zancadas obliga a los
helechos y las hojas de quequeshque, a que oculten sus huellas en las laderas
de musgo, que rodean el lecho donde salpica el agua de la cascada.
Con
la fatiga en la mano, por la angustia de su correteo, se ve de pronto
sorprendida y copada por los sirvientes de la casa, quienes le acosan,
truncándole el paso. Toma un último aliento y opta por lanzarse al fondo del
abismo, dirigida hacia el recodo de una poza. Nunca mas apareció en la
superficie, mientras las burbujas se multiplicaban en las corrientes, que se deslizaban
en forma de olas hacia el cause en descenso, el silencio del desfiladero se la
tragó, solo el fluido del líquido se arremangó en el instante en que dictaminó
su pérdida. Un tiempo después el cuerpo fue levantado kilómetros mas abajo, abandonado
a su suerte y sin espíritu.
En
el velorio, un ataúd cubierto de flores blancas reposa en el salón entre cuatro
candelas, un grupo de rezadoras de letanías, la encomiendan al buen Dios. Como
es costumbre, una pintura a los pies del féretro, muestra la singular belleza
de la difunta.
--- Que linda ella era... --- Comentaba
uno de los asistentes ---
--- La niña recibió su castigo, se
ahogó junto a su pecado.--- insistió otro
--- Pero tendremos pronto al
culpable, Señor comendador, ¡pronto sabremos quien fue el infame que se
aprovechó de ella! ---
---
Si… muerte al desgraciado.---
--- Procedan a su captura, lo
haremos confesar…---
Por
orden del Comendador, el sepelio se realizó acabo en secreto, el ataúd fue
trasladado lejos de lugar, nunca se llegó a saber donde había sido enterrada, se borró Margarita de la memoria
de su familia.
En
un cuarto tenuemente alumbrado por un cabo de candela, sentado semi desnudo
permanece Ignacio, sacerdote religioso de la Orden que administra el convento de la región.
Junto a él los vasallos que obran como jueces y jurado, le interrogan,
mientras el verdugo despiadadamente le
somete a suplicio, golpes inmisericordes que le revientan el cuerpo, con el fin
de obtener una confesión del crimen. La acusación basada en elucubraciones que
lo incriminaron por ser el consejero de la joven y permanecía mucho tiempo a su
lado y por supuesto enterado de sus secretos a través de la confesión.
Los
moretones y heridas infringidas se multiplicaban, debido al mutismo del
religioso, que se refugiaba en el rezo de su camándula que colgaba de su cordón
de los tres nudos. Los golpes habían afectado su cuerpo, los brazos y piernas, los
cuales fueron arremetidos con toda clase de instrumentos, los ecos de sus gemidos,
se esparcían en el interior de las cámaras de tortura, en ningún momento
ablandaban a su agresor, quien golpeaba en alma y cuerpo hasta hacen llegar al
clímax del dolor, en múltiples ocasiones le habían hecho perder el sentido.
Pasaron
varias días, ya poco respondía, el cuerpo de Ignacio se consumía entre la
sangre de las heridas, los malos olores de las cloacas, la falta de agua y alimento.
De consuelo, los despojos del fraile fueron colocados engrilletado en una
mazmorra, donde ya pérdida la poca esperanza de sobrevivencia, se dedicó a
clamar en oración al ser supremo en espera del fatídico final, con el voto de silencio en su memoria.
Las
ruedas metálicas, engranajes milimétricos que caminan pausadamente en el exacto
tic tac, de un reloj, cuya marca del tiempo se acompaña de un péndulo que se
mueve a sus costados para significar el tránsito de una vida, el sonido que se
hace visible con el sobresalto de las agujas, que deambula circularmente como
segundera sobre una carátula de números romanos que muestra su fisonomía hacia
el frontispicio del edificio. Los brazos de la minutera que corre mas lenta y
luego la horaria, se disfruta al concluir su paso por el XII, con el repique de
varias campanas que señalan las en punto.
El
sonido se hace evidente dentro de la cúpula de la torre donde se contiene y hace
su vivienda la máquina del tiempo. Las tapaderas metálicas cerradas en las
paredes exteriores, se abren para permitir la entrada a la cúpula donde se le
hace mantenimiento, donde en ocasiones manos expertas ingresaban a engrasan
ruedas, movilizan cadenas, limpiar las pérgolas y adecuar los pesos para que el funcionamiento
se mantuviese exacto, los sonidos permanecieran afinados de las campanas de tres toques.
Amador,
encargado del mantenimiento de la máquina, se había influenciado por las
historias que derredor de los antiguos dueños del lugar y cargado de curiosidad
en pos de una leyenda que se cernía en dicho palacio, se aventuró a conocer las
interioridades del lugar, penetrado por una rendija que lo llevaba de la terraza
del cabildo, hasta la torre. A escondidas, accionó sobre la pequeña puerta,
penetrando al interior la cúpula donde ya en ocasiones anteriores había
husmeado cuando trabajaba con el reloj. Su primera impresión fue por la
curiosidad que en la cúpula en un ambiente cerrado había estructuras y
pasadizos que nadie había explorado. Por lo que tomó valor y se hizo presente
al interno.
El
poco espacio le obligaba a permanecer en cuclillas, mientras encontraba los
rescoldos de ladrillos cubiertos de moho, lo antiguo hacía que levantara polvo
al limpiar el espacio, la polilla se desprendía de los maderos del techo, las
innumerables telas de araña, que como cortinas se estampan desde las esquinas,
hacían del lugar un lúgubre espacio. La base también de troncos, crujía y
rechinaba a la presencia de su peso. Con escaso movimiento trataba de disminuir
la presión, mientras observaba a través de los agujeros donde el péndulo se
bamboleaba. Abajo donde estaba oscuro se dejaba ver una escalinata en forma de caracol, que termina en el vacío
del fondo.
Al
movilizarse produjo una nube de polvo, los tablones sonaron cediendo en
pequeños espacios que se doblaron, haciendo que se desprendieran de su base
poniéndole en peligro. Previendo un accidente se movió al mínimo, intentando retornar
al inicio, gateando para atrás, un fuerte trueno se dejó escuchar y los maderos
abruptamente cedieron al peso, en caída libre se deslizó rebotando en los peldaños de la escalinata,
donde logró asirse, mientras la caja de herramientas, topó contra el péndulo y luego cayó sonoramente, el desplome provocó
el eco de un golpe en el fondo del pozo.
El
muchacho quedó güindado de una de las gradas, sin perder la cordura se enderezó
logrando colocarse en el sentido de las gradas, con esfuerzos desciende las
restantes gradas hasta alcanzar en fondo, a tientas busca dentro de la caja, de
donde saca una lámpara de mano, al prenderla lo hace ver con mas seguridad el
espacio que le rodea, a su diestra hay una entrada, un pasadizo franqueado por
una puerta de barrotes metálicos oxidados, un candado antiguo, de aquellos de
cinco lados, que frente al agujero donde se introduce la llave tiene una
tapadera, este cuelga del picaporte. Intenta hacerle presión pero no cede, por
lo que toma un machuelo y lo golpea, hasta romperlo, la puerta rechina y se
arrastra cuando es movilizada.
Una
vez por dentro, agachado, penetra por el túnel que lo llevó a un espacio mas
grande, esto le permitió ponerse de pie; la sensación de soledad adornada con una
tenue luz se dibuja en la parte superior, donde unos vitrales dentro de
pequeños respiraderos dejan pasar a cuenta gotas, las insinuaciones de los
rayos de sol.
Adelante
el salón se hace mayor, al fondo donde las paredes sudan humedad termina en dos
puertas, a la derecha un portón de madera con una tranca horizontal, engarzada
en dos ganchos metálicos. Con sus manos levantó la tranca cuya madera se
encuentra podrida y de un empellón la hizo ceder.
Vaya
sorpresa en su interior, se encontró un
macabro hallazgo, se era un cuerpo, un esqueleto semi sentado, cubierto con un
hábito de monje, los brazos permanecían engargolados en grilletes colocados en
cruz por encima de su cabeza, la calavera que apenas se sostenía, se recostada
en la capucha del hábito, el cordón que en alguna vez fue blanco alrededor de la
cintura sostenía un crucifijo, que formaba parte de un rosario, cuyas cuentas
se desparramaron sobre la loza. Los
huesos de las piernas ya desorganizados se mostraban entre los restos de la
manta, junto a las sandalias que carcomidas por el tiempo, se habían desarmado
con los calcáneos deformes; los grupos de cucarachas salían despavoridas al ser
señaladas por la luz de la lámpara. Entonces pensó para sus adentros:
“oo Como lo imaginé, este debe de
ser el cura que fue torturado y luego dejaron morir abandonado. Según la
historia era el que sabía que había
pasado con la niña Margarita, hija del Comendador de la época. Quien, la había seducido
y embarazado, nunca lograron que él confesara, simplemente fue brutalmente
torturado y hecho desaparecido. Lo que nunca se supo, fue donde sepultaron el
cadáver de la joven oo”
Se
agachó frente al cadáver y tomó el crucifijo, previo a examinarlo, lo limpió,
la luz de la linterna le permitió leer la inscripción. “Para ti, de Margarita 1874.”
Con
el pensamiento puesto en la inscripción y con un tanto de miedo abandonó el
lugar, donde al toparse con el fondo del pasadizo, donde encuentra la otra
puerta, esta sostenida por una viga la que se encuentra atorada y caída por su
propio peso, al presionarla la empuja, la mitad se destroza y se parte en
pedazos, dejando expedita la entrada a un espacio pequeño, perteneciente a una
catacumba. Un chiflón recorre el espacio de adentro hacia fuera, que hace que
el joven le tiemblen las canillas, no tanto de frío como de miedo, después de
tropieza en el piso de la entrada. En búsqueda de una pronta salida, se interna,
hasta toparse con una pared a medio construir, una cripta, donde los ladrillos
superiores se encuentran sueltos, haciéndole arrestos procede a quitarlos
provocando una ventana hacia el interior, que le permiten meter la cabeza y
parte del cuerpo. Con la presencia de la luz de la lámpara, visualiza un
féretro.
El
espectro de una dama vestida de velos blancos, se materializa frente a sus ojos,
con un bebe en brazos, que emerge del interior de el ataúd……
Un
grito se dejó escuchar hasta los confines de la torre, que hizo estremecer, los
pasadizos y las paredes de las catacumbas del lugar, el eco de las vientos de
la presencia sobrenatural, hace estremecer dentro de la cúpula, mientras tanto,
los segunderos del reloj continúan su eterno tic tac, con el constante e
impávido movimiento de los engranajes de cobre, que hacen recorrer las agujas
sobre la hora en punto, para que anuncien fuertes los sonidos afinados de las
campanas de tres toques y en inexorable paso del tiempo.
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