El
golpe de la olas hacía trastrabillar el barco, los restos de las velas se
extendía con la fuerza del viento, mientras en su interior las olas escupía
agua al puñado de esclavos que hacinados en una de las bodegas, se manifestaban
con gritos y gemidos, horrorizados llenos de temor.
La
mayoría semi desnudos, con sendos grilletes en manos y piernas, que se
aferraban al deseo de seguir vivos, los naufragios en la costa atlántica de las
Américas era frecuente y de consecuencias fatales.
En
el fondo, cubiertas hasta la cabeza las féminas imploraban a sus creencias,
para que se apiadaran de ellas y les permitiera llegar a puerto con vida.
Pasadas
unas cuantas horas de miedo, llegó la tranquilidad, después ceder la fuerza de la tormenta les
permitió respirar con mayor desasosiego, mientras se acercaban lentamente al
puerto predestinado. Amontonados junto a sacos de trigo, barriles que había
rodado por los movimientos, en tan poco espacio, se ponían de pie para estirar
las piernas esperando que la calma fuera para bien. Habían llegado vivos y eso
era como una bendición en medio de tanta desgracia.
Los
gritos de los carceleros se dejaron escuchar mientras a punta de látigo, los
conminaban a salir después de soltar los grilletes, a duras penas, arrastrando
las cadenas, uno a uno abandonó el recinto, para de pronto recibir después de
tantos días, la luz del sol.
En
el improvisado muelle varios hombres con sendos mosquetes hacían valla sobre
los maderos a fin de que una fila se condujera hasta un carretón que les hacía
espera en un malecón de la playa. Entregada la carga se enfilaron por un
camino, que se hacía paso entre platanares, rumbo a las casuchas del casco de
la finca.
--- Señor caporal….!, Señor
Caporal…! ---
---Llegó el cargamento de esclavos.---
indicaron --- son dos… cuatro --- mientras hacía el recuento ---- veinte y
tres…!,---
--- ¿Y el resto?... ofrecieron
40…..---
--- el resto murió en el viaje y los
botaron al mar.---
--- Acomódelos en el granero…
después veremos que hacer con ellos.---
Sumisos y en silencio fueron
hacinados en un local que se utilizaba para animales, sus cuerpos famélicos,
con múltiples escaras producidas por los grilletes, que con el contacto del
agua salada habían cicatrizado a medias.
Todo
el cargamento había sido vendido por encargo del Hacendado de TACTIC, en el norte de la
provincia de Carlos V., en las fértiles tierras de los Indios Kek´chi, requeridos
para sembrar la tierra, cultivar la uva, la caña y hacer mover las moliendas de
la panela, para elaborar la azúcar.
Ya
ubicados en las tierras de San Cristóbal Verapaz, fueron separados los 18
hombres, que por sus características, de fortaleza, negros africanos, se
incorporaron a las labores del corte de la caña, otros no tan afortunados a
mover a puro pulmón, las ruecas que trituraban la varas para producir el jugo
de guarapo que luego se transformaba en el dulce de panela.
Las
mujeres fueron llevadas a las labores de cortar leña, unas ayudaban en la
cocina, otras se encargaban de los labores de limpieza y de recoger en tinajas
el agua del río que vecino recorría la pradera. Había una de las mujeres que se
distinguía de las otras, por permanecer siempre con el rostro cubierto,
mostrando únicamente sus grandes ojos negros, profundos y misteriosos.
Silenciosa, AISHA permaneciendo
alejada del grupo cuando este se daba a la tarea de cantar sus cánticos de
lamento de su origen africano, especialmente cuando caía la noche. mientras se
acompasaban junto al fuego a llorar sus desgracias, mientras mordisqueaban un
pequeño trozo de su alimento.
Ella,
se acurrucaba en una esquina del caserón a divagar en sus pensamientos, siempre
a la caída del sol buscaba un lugar oculto para dedicar un tiempo a orar a su
Dios, reconfortarse con sus ideas. Morena de la piel pero de origen musulmán,
odalisca mora descendiente de árabes, atrapada en las redes de los comerciantes
de esclavos en los puertos españoles del Mediterráneo.
Como
todos los esclavos se hizo a las labores que les eran ordenadas, en sumisión
hacía sus arduas labores del campo, además de participar en la elaboración de
los alimentos en las cocinas de la hacienda., con el poco aprendizaje del
idioma hispano, lograba en mas de una oportunidad de hacerse entender y
comprender los mandatos. Sumisa y callada, observaba como las cocineras
maestres, elaboraban los alimentos para el Comendador y su familia, poco a poco
se fue ganando la confianza de los mayordomos, quienes le hicieron vestir
adecuadamente para que atendiera la mesa durante las comidas. Como parte de su
atuendo nunca dejó de ponerse un pañuelo que le ocultara el rostro como era su
tradición.
Un
día fue llamada al despacho del Comendador, quien preso de curiosidad inquirió
sobre el ocultamiento del rostro de la mucama.
--- Aisha es tu nombre?.—le dijo.
--- Si mi señor….--- dirigiendo su
mirada al suelo en signo de obediencia, detrás
de su pañuelo que le dejaba ver únicamente sus ojos.---
--- Y a que se debe que ocultar el
rostro en mi presencia…?---
--- Mi señor…. Soy musulmana, no
debo dejar ver mi rostro de extraños e infieles---
--- Ja, Ja, entonces ahora somos
infieles….---
Ella permaneció en silencio.
--- Aquí el amo y señor soy yo… nada
de infieles, ni extraños --- Haber alguien que le quite ese trapo de la
cara.---
Uno
de los asistentes se acercó y con lujo de fuerza le arrebato el pañuelo,
instintivamente la joven cubrió con sus manos el rostro y se volteo de
espaldas.
Fue
tomada por dos hombres y llevada frente a frente al Comendador, con las manos
retenidas a su espalda.
--- Ajaa..!, con que eres una descendiente
de Moros, bello rostro, ojos grandes hermosos, --- suéltenla!....---
La
chica se retiró unos metros atrás y con la manga y la hombrera se cubrió
nuevamente, mientras caía sentada en el suelo.
--- De hoy en delante cuando estés
en mi presencia, NO USARAS NADA PARA CUBRIR ESO LINDO ROSTRO...— sentenció el
amo.
Ella
se incorporó y salió corriendo, una lágrima en sus ojos se hizo presente
mientras abandonaba el recinto.
Las
invitaciones a visitar al Comendador se hicieron mas frecuentes, para atenderle
en su estudio y cuando se encontraba en la biblioteca, ha veces la hacía llamar
para que le atendiera en la toma de los alimentos, cuando le servían el Té por
las tardes. Para lo cual la joven no ponía resistencia y aunque no le agradaba,
mostraba su actitud de resistencia con la inexpresión del rostro. El tiempo
transcurría y las lunas pasaban, ni una sola palabra era emitida, solo asentía
con un movimiento de la cabeza, se apegaba a las ordenes pero en un total
mutismo.
En
cierta oportunidad fue sacada a la fuerza de su lecho y llevada por órdenes del
Amo a sus habitaciones, donde le encontró sentado en una butaca con un vaso de
vino rojo en la mano.
--- Mi fierecilla mora, he buscado
la manera de hacer menos infeliz tu estancia en esta casa, para lo cual te he
tenido a mis servicios, pero no he dejado que tu te muestres agradecida conmigo.
Por lo que no espero tener que ordenarte que compartas mi lecho….
A
pesar de mostrar su resistencia y con todo el valor de una mujer, entró en
combate con su propia conciencia, después de haber sido amenazada con una
espada, con la fuerza del opresor, el caballero se mostró bestia, vilmente la
mancilló a pesar de sus negativa.
Oculta
permaneció un tiempo, mientras su congoja hacía frente a su tortura, no
encontraba lágrimas ni quejas que le reconfortaran su pecado, acompañada de
molestias estomacales, le llenaba de coraje al imaginarse embarazada, la
ignorancia sobre su estado de sentirse incomoda con el crecimiento de su
vientre. Sus compañeras del alojamiento, le reconfortaban para seguir adelante
con su misión.
Ya
no se le veía asomarse a la cocina y menos a atender en el servicio de la mesa
en la cena, junto a los rumores que corría por pasadizos de la hacienda que
daban cuenta de advenimiento pronto de un nacimiento.
Con
toda premura fue sacada mediante un carruaje y acompañada de varias sirvientas,
siendo llevada al convento de las Hermanas Clarisas, asentadas en el valle de la Asunción. Por ordenes del
Comendador fue entregada a la
Madre superiora con el fin de que fuese atendida en su parto,
con toda la secretividad del mundo.
Nadie
supo que fue lo que pasó, pero un niño vio la luz en los recintos del
monasterio, bautizada por la hermanas como JUAN, hijo de AISHA, quien en su
tránsito de dar a luz, pasó a formar parte de los muertos y enterrada con todo
sus recuerdos en los campos del convento. Lejos de su origen, de su casa,
si allá lejos de la Hacienda, que en algún
momento la cobijó.
Juan,
le decían El Mestizo, un muchachito simpático, vivaracho, que se hizo a la vida
de las religiosas, ausente de malos recuerdos, de su origen, aprendió a leer y
escribir, haciéndose a fé cristiana, donde se le inició con los sacramentos como
el de la comunión.
Llegado
a cierta edad fue enviado a vivir en las afueras del convento, en casa del
jornalero que trabajaba para las monjas, quien le enseñó, la carpintería, las
labores de labriego. Siempre manifestó su aptitud hacía las letras, leía cuanto
libro caía en sus manos, aprendiendo a través de esto muchos secretos de diario
acontecer. La curiosidad en cuanto a su vida, fue una de sus cosas que le
inquietaba, pero nadie le supo dar una explicación razonable. Su piel morena,
sus ojos negros, grandes como los de su madre, eran signos que marcaban
diferencia en cuanto a las otras personas que allí vivían por el lugar.
Cuando
llegó a los doce años, se embarcó con la bendición de su tutor, en una caravana
de Gitanos que transitaban por la comarca, visitando pueblos en toda su
trayecto del viaje hacía a la capital del Reino.
El
Mestizo, aprendió de sus compañeros, se hizo conocer por su habilidad con los
trucos de la magia, facilidad para la oratoria, su palabra impresionaba a
cuantas personas e incautos pobladores de las aldeas a su paso que se ponían a
escucharle. El don del convencimiento era su mayor gracia.
Así
llegó a la ciudad, Capitanía General y capital del Reino, mas que en búsqueda
de fortuna, de cultura. Gracias a las recomendaciones del convento de las
Clarisas de la Ciudad
de Carlos V, se logró incorporar a la escuela pública de ciudad.
En
un principio fue poco aceptado por los demás alumnos, especialmente los
criollos, quienes le menospreciaban por su color, sin embargo se hizo respetar
por su capacidad y su don de gente, aunque se sentaba en las bancas posteriores,
reservadas a los mestizos e indios, con quienes entablo una buena amistad.
Emplazado
infinidad de veces por sus escritos y discursos en defensa de los indígenas, en
defensa de los derechos, apelando por un mejor trato e igualdad de condiciones
de vida como todos los demás, lo que le llevó frente al Rector, quien le
reprendía por su actitud de opositor a los cánones monárquicos de igualdad. Hasta
recibir amenazas de ser expulsado de las aulas, si sus pensamientos en contra
de la corona no cesaban. Así fue creciendo su fama, hasta llegar a oídos de los
grupos de nacionalistas que en secreto se reunían con ideas independentistas.
La
capitanía general, presa de muchas tensiones locales y debido a las noticias de
convulsión en el Virreinato, se encontraba intrigada por los rumores de los
posibles alzamientos en toda la Nueva
España.
La
luna campeaba sobre las lomas y tecolotes cantaban al unísono, mientras en el
camino de terracería se movilizaban un grupo de jinetes a medio trote que
buscaban alcanzar los llanos de la villa de Totonocapán.
El
Caudillo Atanasio Tzul, al comando de un puñado de indígenas y mestizos, se encontraba parapetado
cerca Montesano, en espera del grupo que llegaría de las provincias que
apoyaban el movimiento. En las afueras del pueblo, el nerviosismo se hacía
presente de los hombres quienes armados de un par de mosquetes, machetes y
palos, trataban de darse valor con la firme convicción de iniciar la refriega
contra el gobierno de la corona española.
Los
cañones se hicieron presentes y sorprendieron a los alzados, los regimientos de
los Altos cayeron sobre los insurgentes y los destrozaron sin misericordia, los
pocos que quedaron con vida fueron capturados y llevados a la gobernación del
municipio, engrilletados y puestos prisioneros en las cárceles del lugar.
Después
de un largo viaje varios representantes y defensores provenientes de la Capitanía General
se hicieron presentes en la villa de Totonicapán, con el fin de salvaguardar la
vida del caudillo, exigiendo su inmediata liberación. Estos se encontraban al
mando de Juan, El Mestizo, quien había trabajado en Pro de la justicia y de los
ideales de independencia, junto a varios lideres criollos e indígenas,
inculcando las nociones de derechos humanos y de un nacionalismo puro, a favor
de la comunidad. El se plantó al frente de las autoridades militares,
arriesgando su pellejo abogó por los prisioneros, que injustamente habían sido
masacrados y hechos prisioneros.
--- Imposible su liberación.--- fue
la respuesta de la gendarmería.--- son presos políticos, acusados de
sedición.---
Y
fueron amenazados.
--- Mas vale que Uds. Se marchen
antes que sean acusados de cómplices y corran la misma suerte que los
alzados.---
---¡MUERTE O LIBERTAD…! ---fueron
los estribillos de consigna.
Después
de varias discusiones en el seno del salón, so pena de ser capturados o muertos,
optaron por una retirada de cordura. Tras empujones y resistencia abandonaron
el recinto, temerosos de alguna represalia. Después de la infructuosa reunión,
contrariados y cabizbajos, retomaron sus consignas y abandonaron el lugar sin
esperanza. El viaje había sido infructuoso, además les había puesto al
descubierto, como señalados de pertenecer a los movimientos que se gestaban en
toda la Provincia, Los compañeros marcharon de noche y bajo
medidas de seguridad hasta alcanzar la Capital.
La
noche se había hecho presente y las calles acompañadas de los grillos, se
adornaban de las pequeñas luces del candil de las esquinas. Juan, después de
abandonar el grupo, se dirigió a casa, caminaba presuroso, bajo una leve
llovizna. Cerca del Callejón Manchén, justo al llegar a la esquina de la Avenida, le sorprendió un
ruido extraño, cuando volteó, dirigió la mirada hacia el fondo, tres hombres le
cayeron encima.
--- ¡ Insurgente…! los forajidos
como este hay que darles muerte.!!!.
La
lucha no se hizo esperar, pero al ser superado en número, cayó al suelo donde
además de darle una golpiza, lo sujetaron con grilletes, le colocaron un trapo
en la boca, a rastras y a empellones lo llevaron hasta un coche, que
desapareció en la oscuridad de la noche.
La
noticia no se hizo esperar, la desaparición de El Mestizo, corrió por las calles
como quien riega pólvora, sus amigos y compañeros, se abocaron al resto de los
líderes con el fin de hacer causa común, en la búsqueda. La gendarmería de la capitanía,
se vio asediada por diferentes grupos con el fin de saber del paradero del
extraviado. Los militares negaban su captura, mientras los colaboradores de la
causa, presionaban a las autoridades con el fin de dar con el paradero del
sujeto.
Al
poco tiempo, también fueron alertados que Atanasio y sus compañeros habían sido
muertos, durante un intento de fuga de la cárcel, que coincidentemente se
asociaba a los actos de desaparición de los líderes en la Capitanía. El nerviosismo y el
miedo se apoderaron de los insurgentes que en algún momento pensaron que esto
daba por concluido el episodio de los independentistas no solo en Totonicapán.
Los
tabloides de noticias destacaban en la primera plana la desaparición del
Criollo y la muerte de los mártires de Totonicapán. El grupo solidario
independentista de Pedro Molina, incitaba a la población y a los demás lideres
a tomar acciones en contra del gobierno. Esto les obligó a convocar una reunión
urgente en el despacho del General Gainza, con el fin de pedir se aclarara las
circunstancias de la desaparición de Juan y los demás eventos.
Sin
embargo, esto fue la mecha, los grupos de nacionalistas se reunían en las
calle, en las iglesias y en los sitios públicos de la plaza Central. En el despacho de la capitanía general, hicieron
presencia encabezados por José C. Del Valle, Pedro Molina y otros, exigiendo a
la autoridad, la inmediata convocatoria de una conferencia con el fin de hacer
claros los planteamientos de los grupos independentistas. A todo esto, Juan el
Mestizo permanecía desaparecido, las cárceles se encontraban con doble
vigilancia y se desconocía su paradero.
El
grupo liderado por las damas, Doña Dolores Bedolla, se dedicaba a la
elaboración de consignas y marchas pacíficas, convocando al grueso de la población
para la consecución espacio de presión popular, necesario para el momento que
estaba por llegar. Provocaron disturbios en los alrededores de la capitanía
general, que alertaron a los soldados a cargo de las cárceles, quienes
previniendo un levantamiento huyeron, dejando abandonada la custodia de los
presos políticos.
Los
allegados al Mestizo, buscaban a toda costa establecer su sobrevivencia, incursionaron
en el cuarteles busca de su amigo. Transcurrían las horas y el desasosiego se
apoderaba de los libertarios, quienes temerosos que los secuestrados corrieran
la suerte de ser ejecutados,. Las cárceles se encontraban atiborradas de muchos
altruistas simpatizantes de los movimientos de independencia, que permanecía a
la expectativa de lo que fuera a acontecer. En las puertas del Cuartel de la
gendarmería, le encontraron, aun encadenado. Les liberaron. Allí estaba el
Moreno de ojos grandes y negros, el de sangre árabe, apoyando el movimiento,
fue llevado junto a otros líderes a los salones del edificio de la capitanía.
La
reunión se llevó a cabo en el despacho de Don Gabino Gainza, quien al verse presionado
por los Independentista abdicó y se vió forzado a la firma, lectura y
compromiso de un Acta, elaborada por los Próceres donde impulsaban la
separación de las provincias de Centro America de la Vieja España.
Las
campanas sonaban ruidosamente, cantando la libertad y ensartas de cohetillos
salpicaban en alegría junto a cada esquina, mientras en el parque las marimbas
revoloteaban con júbilo. Las mujeres cantaban
emocionadas el grito de la
Libertad
Si
era el 15 de Septiembre, el año 1821. El día que el acta de emancipación fue
firmada.
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