viernes, 1 de junio de 2012

EL MESTIZO.


          El golpe de la olas hacía trastrabillar el barco, los restos de las velas se extendía con la fuerza del viento, mientras en su interior las olas escupía agua al puñado de esclavos que hacinados en una de las bodegas, se manifestaban con gritos y gemidos, horrorizados llenos de temor.
          La mayoría semi desnudos, con sendos grilletes en manos y piernas, que se aferraban al deseo de seguir vivos, los naufragios en la costa atlántica de las Américas era frecuente y de consecuencias fatales.
          En el fondo, cubiertas hasta la cabeza las féminas imploraban a sus creencias, para que se apiadaran de ellas y les permitiera llegar a puerto con vida.
          Pasadas unas cuantas horas de miedo, llegó la tranquilidad,  después ceder la fuerza de la tormenta les permitió respirar con mayor desasosiego, mientras se acercaban lentamente al puerto predestinado. Amontonados junto a sacos de trigo, barriles que había rodado por los movimientos, en tan poco espacio, se ponían de pie para estirar las piernas esperando que la calma fuera para bien. Habían llegado vivos y eso era como una bendición en medio de tanta desgracia.
          Los gritos de los carceleros se dejaron escuchar mientras a punta de látigo, los conminaban a salir después de soltar los grilletes, a duras penas, arrastrando las cadenas, uno a uno abandonó el recinto, para de pronto recibir después de tantos días, la luz del sol.
          En el improvisado muelle varios hombres con sendos mosquetes hacían valla sobre los maderos a fin de que una fila se condujera hasta un carretón que les hacía espera en un malecón de la playa. Entregada la carga se enfilaron por un camino, que se hacía paso entre platanares, rumbo a las casuchas del casco de la finca.
--- Señor caporal….!, Señor Caporal…! ---
---Llegó el cargamento de esclavos.--- indicaron --- son dos… cuatro --- mientras hacía el recuento ---- veinte y tres…!,---
--- ¿Y el resto?... ofrecieron 40…..---
--- el resto murió en el viaje y los botaron al mar.---
--- Acomódelos en el granero… después veremos que hacer con ellos.---
Sumisos y en silencio fueron hacinados en un local que se utilizaba para animales, sus cuerpos famélicos, con múltiples escaras producidas por los grilletes, que con el contacto del agua salada habían cicatrizado a medias.
          Todo el cargamento había sido vendido por encargo del  Hacendado de TACTIC, en el norte de la provincia de Carlos V., en las fértiles tierras de los Indios Kek´chi, requeridos para sembrar la tierra, cultivar la uva, la caña y hacer mover las moliendas de la panela, para elaborar la azúcar.
          Ya ubicados en las tierras de San Cristóbal Verapaz, fueron separados los 18 hombres, que por sus características, de fortaleza, negros africanos, se incorporaron a las labores del corte de la caña, otros no tan afortunados a mover a puro pulmón, las ruecas que trituraban la varas para producir el jugo de guarapo que luego se transformaba en el dulce de panela.
          Las mujeres fueron llevadas a las labores de cortar leña, unas ayudaban en la cocina, otras se encargaban de los labores de limpieza y de recoger en tinajas el agua del río que vecino recorría la pradera. Había una de las mujeres que se distinguía de las otras, por permanecer siempre con el rostro cubierto, mostrando únicamente sus grandes ojos negros, profundos y misteriosos. Silenciosa, AISHA permaneciendo alejada del grupo cuando este se daba a la tarea de cantar sus cánticos de lamento de su origen africano, especialmente cuando caía la noche. mientras se acompasaban junto al fuego a llorar sus desgracias, mientras mordisqueaban un pequeño trozo de su alimento. 
          Ella, se acurrucaba en una esquina del caserón a divagar en sus pensamientos, siempre a la caída del sol buscaba un lugar oculto para dedicar un tiempo a orar a su Dios, reconfortarse con sus ideas. Morena de la piel pero de origen musulmán, odalisca mora descendiente de árabes, atrapada en las redes de los comerciantes de esclavos en los puertos españoles del Mediterráneo.
          Como todos los esclavos se hizo a las labores que les eran ordenadas, en sumisión hacía sus arduas labores del campo, además de participar en la elaboración de los alimentos en las cocinas de la hacienda., con el poco aprendizaje del idioma hispano, lograba en mas de una oportunidad de hacerse entender y comprender los mandatos. Sumisa y callada, observaba como las cocineras maestres, elaboraban los alimentos para el Comendador y su familia, poco a poco se fue ganando la confianza de los mayordomos, quienes le hicieron vestir adecuadamente para que atendiera la mesa durante las comidas. Como parte de su atuendo nunca dejó de ponerse un pañuelo que le ocultara el rostro como era su tradición.
          Un día fue llamada al despacho del Comendador, quien preso de curiosidad inquirió sobre el ocultamiento del rostro de la mucama.
--- Aisha es tu nombre?.—le dijo.
--- Si mi señor….--- dirigiendo su mirada al suelo en signo de obediencia,  detrás de su pañuelo que le dejaba ver únicamente sus ojos.---
--- Y a que se debe que ocultar el rostro en mi presencia…?---
--- Mi señor…. Soy musulmana, no debo dejar ver mi rostro de extraños e infieles---
--- Ja, Ja, entonces ahora somos infieles….---
Ella permaneció en silencio.
--- Aquí el amo y señor soy yo… nada de infieles, ni extraños --- Haber alguien que le quite ese trapo de la cara.---
          Uno de los asistentes se acercó y con lujo de fuerza le arrebato el pañuelo, instintivamente la joven cubrió con sus manos el rostro y se volteo de espaldas.
          Fue tomada por dos hombres y llevada frente a frente al Comendador, con las manos retenidas a su espalda.
--- Ajaa..!, con que eres una descendiente de Moros, bello rostro, ojos grandes hermosos, --- suéltenla!....---
          La chica se retiró unos metros atrás y con la manga y la hombrera se cubrió nuevamente, mientras caía sentada en el suelo.
--- De hoy en delante cuando estés en mi presencia, NO USARAS NADA PARA CUBRIR ESO LINDO ROSTRO...— sentenció el amo.
          Ella se incorporó y salió corriendo, una lágrima en sus ojos se hizo presente mientras abandonaba el recinto.
          Las invitaciones a visitar al Comendador se hicieron mas frecuentes, para atenderle en su estudio y cuando se encontraba en la biblioteca, ha veces la hacía llamar para que le atendiera en la toma de los alimentos, cuando le servían el Té por las tardes. Para lo cual la joven no ponía resistencia y aunque no le agradaba, mostraba su actitud de resistencia con la inexpresión del rostro. El tiempo transcurría y las lunas pasaban, ni una sola palabra era emitida, solo asentía con un movimiento de la cabeza, se apegaba a las ordenes pero en un total mutismo.
          En cierta oportunidad fue sacada a la fuerza de su lecho y llevada por órdenes del Amo a sus habitaciones, donde le encontró sentado en una butaca con un vaso de vino rojo en la mano.
--- Mi fierecilla mora, he buscado la manera de hacer menos infeliz tu estancia en esta casa, para lo cual te he tenido a mis servicios, pero no he dejado que tu te muestres agradecida conmigo. Por lo que no espero tener que ordenarte que compartas mi lecho….
          A pesar de mostrar su resistencia y con todo el valor de una mujer, entró en combate con su propia conciencia, después de haber sido amenazada con una espada, con la fuerza del opresor, el caballero se mostró bestia, vilmente la mancilló a pesar de sus negativa.

          Oculta permaneció un tiempo, mientras su congoja hacía frente a su tortura, no encontraba lágrimas ni quejas que le reconfortaran su pecado, acompañada de molestias estomacales, le llenaba de coraje al imaginarse embarazada, la ignorancia sobre su estado de sentirse incomoda con el crecimiento de su vientre. Sus compañeras del alojamiento, le reconfortaban para seguir adelante con su misión.
          Ya no se le veía asomarse a la cocina y menos a atender en el servicio de la mesa en la cena, junto a los rumores que corría por pasadizos de la hacienda que daban cuenta de advenimiento pronto de un nacimiento.
          Con toda premura fue sacada mediante un carruaje y acompañada de varias sirvientas, siendo llevada al convento de las Hermanas Clarisas, asentadas en el valle de la Asunción. Por ordenes del Comendador fue entregada a la Madre superiora con el fin de que fuese atendida en su parto, con toda la secretividad del mundo.
          Nadie supo que fue lo que pasó, pero un niño vio la luz en los recintos del monasterio, bautizada por la hermanas como JUAN, hijo de AISHA, quien en su tránsito de dar a luz, pasó a formar parte de los muertos y enterrada con todo sus recuerdos en los campos del convento. Lejos de su origen, de su casa, si  allá lejos de la Hacienda, que en algún momento la cobijó.
          Juan, le decían El Mestizo, un muchachito simpático, vivaracho, que se hizo a la vida de las religiosas, ausente de malos recuerdos, de su origen, aprendió a leer y escribir, haciéndose a fé cristiana, donde se le inició con los sacramentos como el de la comunión.
          Llegado a cierta edad fue enviado a vivir en las afueras del convento, en casa del jornalero que trabajaba para las monjas, quien le enseñó, la carpintería, las labores de labriego. Siempre manifestó su aptitud hacía las letras, leía cuanto libro caía en sus manos, aprendiendo a través de esto muchos secretos de diario acontecer. La curiosidad en cuanto a su vida, fue una de sus cosas que le inquietaba, pero nadie le supo dar una explicación razonable. Su piel morena, sus ojos negros, grandes como los de su madre, eran signos que marcaban diferencia en cuanto a las otras personas que allí vivían por el lugar.
          Cuando llegó a los doce años, se embarcó con la bendición de su tutor, en una caravana de Gitanos que transitaban por la comarca, visitando pueblos en toda su trayecto del viaje hacía a la capital del Reino.
          El Mestizo, aprendió de sus compañeros, se hizo conocer por su habilidad con los trucos de la magia, facilidad para la oratoria, su palabra impresionaba a cuantas personas e incautos pobladores de las aldeas a su paso que se ponían a escucharle. El don del convencimiento era su mayor gracia.
          Así llegó a la ciudad, Capitanía General y capital del Reino, mas que en búsqueda de fortuna, de cultura. Gracias a las recomendaciones del convento de las Clarisas de la Ciudad de Carlos V, se logró incorporar a la escuela pública de ciudad.
          En un principio fue poco aceptado por los demás alumnos, especialmente los criollos, quienes le menospreciaban por su color, sin embargo se hizo respetar por su capacidad y su don de gente, aunque se sentaba en las bancas posteriores, reservadas a los mestizos e indios, con quienes entablo una buena amistad.
          Emplazado infinidad de veces por sus escritos y discursos en defensa de los indígenas, en defensa de los derechos, apelando por un mejor trato e igualdad de condiciones de vida como todos los demás, lo que le llevó frente al Rector, quien le reprendía por su actitud de opositor a los cánones monárquicos de igualdad. Hasta recibir amenazas de ser expulsado de las aulas, si sus pensamientos en contra de la corona no cesaban. Así fue creciendo su fama, hasta llegar a oídos de los grupos de nacionalistas que en secreto se reunían con ideas independentistas.
          La capitanía general, presa de muchas tensiones locales y debido a las noticias de convulsión en el Virreinato, se encontraba intrigada por los rumores de los posibles alzamientos en toda la Nueva España.

          La luna campeaba sobre las lomas y tecolotes cantaban al unísono, mientras en el camino de terracería se movilizaban un grupo de jinetes a medio trote que buscaban alcanzar los llanos de la villa de Totonocapán.
          El Caudillo Atanasio Tzul, al comando de un puñado de  indígenas y mestizos, se encontraba parapetado cerca Montesano, en espera del grupo que llegaría de las provincias que apoyaban el movimiento. En las afueras del pueblo, el nerviosismo se hacía presente de los hombres quienes armados de un par de mosquetes, machetes y palos, trataban de darse valor con la firme convicción de iniciar la refriega contra el gobierno de la corona española.
          Los cañones se hicieron presentes y sorprendieron a los alzados, los regimientos de los Altos cayeron sobre los insurgentes y los destrozaron sin misericordia, los pocos que quedaron con vida fueron capturados y llevados a la gobernación del municipio, engrilletados y puestos prisioneros en las cárceles del lugar.
          Después de un largo viaje varios representantes y defensores provenientes de la Capitanía General se hicieron presentes en la villa de Totonicapán, con el fin de salvaguardar la vida del caudillo, exigiendo su inmediata liberación. Estos se encontraban al mando de Juan, El Mestizo, quien había trabajado en Pro de la justicia y de los ideales de independencia, junto a varios lideres criollos e indígenas, inculcando las nociones de derechos humanos y de un nacionalismo puro, a favor de la comunidad. El se plantó al frente de las autoridades militares, arriesgando su pellejo abogó por los prisioneros, que injustamente habían sido masacrados y hechos prisioneros.
--- Imposible su liberación.--- fue la respuesta de la gendarmería.--- son presos políticos, acusados de sedición.---
          Y fueron amenazados.
--- Mas vale que Uds. Se marchen antes que sean acusados de cómplices y corran la misma suerte que los alzados.---
---¡MUERTE O LIBERTAD…! ---fueron los estribillos de consigna.
          Después de varias discusiones en el seno del salón, so pena de ser capturados o muertos, optaron por una retirada de cordura. Tras empujones y resistencia abandonaron el recinto, temerosos de alguna represalia. Después de la infructuosa reunión, contrariados y cabizbajos, retomaron sus consignas y abandonaron el lugar sin esperanza. El viaje había sido infructuoso, además les había puesto al descubierto, como señalados de pertenecer a los movimientos que se gestaban en toda la Provincia,  Los compañeros marcharon de noche y bajo medidas de seguridad hasta alcanzar la Capital.
          La noche se había hecho presente y las calles acompañadas de los grillos, se adornaban de las pequeñas luces del candil de las esquinas. Juan, después de abandonar el grupo, se dirigió a casa, caminaba presuroso, bajo una leve llovizna. Cerca del Callejón Manchén, justo al llegar a la esquina de la Avenida, le sorprendió un ruido extraño, cuando volteó, dirigió la mirada hacia el fondo, tres hombres le cayeron encima.
--- ¡ Insurgente…! los forajidos como este hay que darles muerte.!!!.
          La lucha no se hizo esperar, pero al ser superado en número, cayó al suelo donde además de darle una golpiza, lo sujetaron con grilletes, le colocaron un trapo en la boca, a rastras y a empellones lo llevaron hasta un coche, que desapareció en la oscuridad de la noche.
          La noticia no se hizo esperar, la desaparición de El Mestizo, corrió por las calles como quien riega pólvora, sus amigos y compañeros, se abocaron al resto de los líderes con el fin de hacer causa común, en la búsqueda. La gendarmería de la capitanía, se vio asediada por diferentes grupos con el fin de saber del paradero del extraviado. Los militares negaban su captura, mientras los colaboradores de la causa, presionaban a las autoridades con el fin de dar con el paradero del sujeto.
          Al poco tiempo, también fueron alertados que Atanasio y sus compañeros habían sido muertos, durante un intento de fuga de la cárcel, que coincidentemente se asociaba a los actos de desaparición de los líderes en la Capitanía. El nerviosismo y el miedo se apoderaron de los insurgentes que en algún momento pensaron que esto daba por concluido el episodio de los independentistas no solo en Totonicapán.
          Los tabloides de noticias destacaban en la primera plana la desaparición del Criollo y la muerte de los mártires de Totonicapán. El grupo solidario independentista de Pedro Molina, incitaba a la población y a los demás lideres a tomar acciones en contra del gobierno. Esto les obligó a convocar una reunión urgente en el despacho del General Gainza, con el fin de pedir se aclarara las circunstancias de la desaparición de Juan y los demás eventos.
          Sin embargo, esto fue la mecha, los grupos de nacionalistas se reunían en las calle, en las iglesias y en los sitios públicos de la plaza Central.  En el despacho de la capitanía general, hicieron presencia encabezados por José C. Del Valle, Pedro Molina y otros, exigiendo a la autoridad, la inmediata convocatoria de una conferencia con el fin de hacer claros los planteamientos de los grupos independentistas. A todo esto, Juan el Mestizo permanecía desaparecido, las cárceles se encontraban con doble vigilancia y se desconocía su paradero.
          El grupo liderado por las damas, Doña Dolores Bedolla, se dedicaba a la elaboración de consignas y marchas pacíficas, convocando al grueso de la población para la consecución espacio de presión popular, necesario para el momento que estaba por llegar. Provocaron disturbios en los alrededores de la capitanía general, que alertaron a los soldados a cargo de las cárceles, quienes previniendo un levantamiento huyeron, dejando abandonada la custodia de los presos políticos.
          Los allegados al Mestizo, buscaban a toda costa establecer su sobrevivencia, incursionaron en el cuarteles busca de su amigo. Transcurrían las horas y el desasosiego se apoderaba de los libertarios, quienes temerosos que los secuestrados corrieran la suerte de ser ejecutados,. Las cárceles se encontraban atiborradas de muchos altruistas simpatizantes de los movimientos de independencia, que permanecía a la expectativa de lo que fuera a acontecer. En las puertas del Cuartel de la gendarmería, le encontraron, aun encadenado. Les liberaron. Allí estaba el Moreno de ojos grandes y negros, el de sangre árabe, apoyando el movimiento, fue llevado junto a otros líderes a los salones del edificio de la capitanía.

          La reunión se llevó a cabo en el despacho de Don Gabino Gainza, quien al verse presionado por los Independentista abdicó y se vió forzado a la firma, lectura y compromiso de un Acta, elaborada por los Próceres donde impulsaban la separación de las provincias de Centro America de la Vieja España.  
          Las campanas sonaban ruidosamente, cantando la libertad y ensartas de cohetillos salpicaban en alegría junto a cada esquina, mientras en el parque las marimbas revoloteaban con júbilo. Las mujeres cantaban  emocionadas el grito de la Libertad
          Si era el 15 de Septiembre, el año 1821. El día que el acta de emancipación fue firmada.
         
   




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