La última vez, me dejaron tirado sobre
la loza de cemento, el resuello sobre el piso y los dolores que me invadían,
hacían que permaneciera casi inmóvil, intentaba abrir los ojos pero lo hinchado
de los párpados me lo impedían. La puerta de la bartolina se abrió pesadamente
detrás del rechinido, que dio paso a un par de botas, que se plantaron como un
gigante frente a mi humanidad, como
gato
me encogí como pude, buscando refugio en una de las esquinas del calabozo,
donde me arrastré, tratando de protegerme.
--- ¡SAQUENLO…!
--- fue la orden.---
Después de haber sufrido un baño a puro chorro
de manguera, medio conciente y arrastrando los pies, fui llevado a la
enfermería, me colocaron sobre una camilla, donde sin nada de delicadeza, limpiaron
y vendaron, las heridas que ellos mismo me habían infringido. Los moretones
diseminados en todo el cuerpo, reflejaba el inhumano trato a que me habían
sometido, las heridas internas no se lograban ver, pero molestaban, sobre todo
las del alma, que eran las que mas dolían.
La ropa me fue arrancada literalmente
en el momento de hacerme las curaciones, tortura sobre lesiones, al recibir los
antisépticos que me hacían brincar del ardor. Una pijama de rayas celeste me
fue puesta en su lugar. Ya en una cama, de la cual no había saboreado en los
últimos años. Se me colocó un suero, apósitos en los ojos envueltos en una gasa
que no me permitía ver mas allá de la mesa donde me despachaban los alimentos,
todos líquidos que alguien me hacía el favor de depositar en la boca, la que
tras las golpizas recibidas había acabado con los pocos diente que tenía.
Todo era silencio, de pronto, me
encontraba en solitario en la sala, solo percibía que alguien a la distancia se
acercaba a verificar si no había pasado
otra novedad, con la mano que me quedaba libre, lograba levantar la
gasa, con el fin de observar el panorama mas allá de mi cama. Con las urgencias
urinarias traté de gritar para se atendido, pero la disfonía de mis cuerdas
bucales que había sufrido por golpe, apenas un susurro se dejaba escuchar. Al
cabo de un momento, alguien se acercó y con lujo de fuerza me apartó la sábana,
sin mayor miramiento me zampó el cacho entre las piernas, era tanta la
necesidad de evacuar que no le hice mucho coco al golpe que me encogió los
testículos.
Un par de días después, me levantaron
y fui colocado en una silla de ruedas, despojado nuevamente de mi ropa fui
colocado en una regadera de agua sumamente fría, los pellejos me colgaban,
había perdido tanto peso, que apenas parecía un cadáver con restos de piel. El
frío me recorrió todo mi esqueleto al salir del agua, el pelo era lo que mas me
sobraba, tanto en la cabeza, la barba y bigote. Ropa limpia, que agradable, ya
las humores se tornaban desagradables, especialmente en las heridas que
empezaban a cicatrizar. Se me proporcionó una máquina de afeitar, con la que
recuperé el recuerdo de cómo era mi cara, aunque los ojos permanecían aun
hinchados que desfiguraban mi facies. Como necedad se me colocó nuevamente la
curación en el rostro que me hacía permanecer parcialmente ciego.
A todo esto las noticias rezaban
llenas de propaganda de las autoridades tratando de minimizar las ofensivas
guerrilleras en el interior de la república, se escuchaba que los grupos de
derechos humanos continuaban abogando por los presos políticos y en la búsqueda
de los desaparecidos quizás en combate en las montañas o en todo caso los
secuestrados como YO, a los cuales querían mantener ocultos y en cárceles
clandestinas para no crear mártires de la lucha armada.
Pasados los días, me fui acostumbrando
a la rutina y al silencio, jamás nadie me hablaba, no conocía mas que el
espacio de mi cama y el cuarto contiguo donde estaba la enfermería y el baño,
mis ojos había mejorado notablemente, la hinchazón había cedido, sin embargo
las curaciones y las gasas permanecía en su lugar como garantía de seguridad
para no ver mas allá de lo que me convenía. Lo que permanecía en total
deterioro era mi garganta, no lograba articular palabras ni era capaz de que me
escucharan mis lamentos.
Una mañana mientras me encontraba
sentado en mi camastrón un grupo de personas me rodearon, alguien me arrancó la
curación de los ojos, donde logré ver a varios militares , dos damas
elegantemente vestidas, con sendas libretas en las manos, un camarógrafo de la TV y un periodista, que
conducía la actuación, con cámara fotográfica flashando a cada instante.
--- Como ustedes
pueden ver este es uno de los guerrilleros rescatados de manos de los
insurgentes, el cual ha recibido buen trato, curaciones, alimentación
adecuada.---
Los relámpagos de la cámara en manos
de los asistentes me hacían taparme la vista, ocultándome de los presentes. El
camarógrafo trataba a toda costa a encontrar el mejor ángulo para descifrar mi
identidad.
--- Entrevistas
en este caso serán del todo imposible, el hombre tiene un daño irreversible en
las cuerdas bucales que no le permiten hablar, por lo que van a tener que
confiar en las explicaciones de mi parte sobre su estado y evolución,
información no tenemos mas que su afiliación y el nombre de batalla…. --- una
breve pausa, que recortó la entrevista relámpago ---- Síganme por favor, continuamos
en las otras salas con el fin de que observen, aquí ya no hay mas que ver,
cumplimos con mostrar al Comandante REMIGIO, que se encuentra vivo y en
perfecto estado aquí, por favor nada de preguntas! ---
--- Coronel cree
usted que en el futuro podamos interrogar al paciente…--- indico una de las damas,
mientras el grupo se alejaba.---
---Probablemente,
probablemente… --- Les hago la exhortativa que se comunique a sus instituciones
de derechos humanos con el fin de que se desvanezcan la desinformación respecto
a las actuaciones del gobierno al respecto.---
La duda cundió en mi pensamiento, esto
era solamente para aparentar que se me había tratado bien, posiblemente el
suplicio y la detención continuarían. Los comentarios me pararon el pelo por lo
que si era cierto el show político, las agresiones quizás se endurecieran. Era
tiempo de buscar otros aires y una frágil idea de escaparme cruzó por mi mente.
El grillete que había permanecido en el tobillo se me había retirado. De lo
poco que había podido observar era que los guardias de seguridad en la entrada
a la sala ya no permanecían, quizás como invitándome a establecer un escape,
que tenía el objetivo de acabar con mi vida.
Me puse de pié y me escurrí hasta el
salón donde guardaban los utensilios de limpieza, de donde salí transformado en
un empleado con un pantalón de lona y un delantal. Corrí a través del pasadizo
hasta llegar a las gradas, extraño no me tope con nadie, eso acrecentó mi miedo
de que se trataba de una trampa, dispuesto a todo, salté al jardín posterior,
arrastrándome hasta la pared posterior del edificio, cayendo como bulto al otro
lado donde se acumulaba la basura del hospital.
---Alguien se
escapa. Allá va…..--- grito el gendarme desde la cornisa del segundo nivel.---
--- Bang….
Bang…--- Los silbidos de las balas me rasuraban las orejas, mientras continuaba
a todo correr, para ocultarme.
Los soldados corrieron tras de mi en
una loca estampida que me llevó hasta el riachuelo en el fondo del zanjón, este
serpenteaba hacia los barrancos. Corrí sin parar por las areneras, que me llevaron
hasta el afluente de Río Grande, donde por la vegetación y lo exuberante de la
maleza me hizo sentir con mayor seguridad para ocultarme.
Me metí en el agua la que me llegaba
hasta la cintura, en un recodo me escondí entre las lechugas de tul y las
raíces de manglar, que crecían en la extensión de la orilla, permanecí por
largo rato en ese lugar, las patrullas del ejercito pasaron un par de veces por
la otra orilla, pero no se percataron de mi presencia. Ya entrada la tarde,
cuando la bullangueras bandadas de pájaros, regresan de sus paseos, decidí abandonar mi escondite, deambulé por los
pastos hasta que el sol desapareció en el poniente, dejando estelas de luz y de
penumbra en el valle. Alcancé a llegar a un camino vecinal, donde me deshice de
las botas de hule y el delantal que había robado en el hospital, caminé hasta
encontrarme con la noche, los grillos alertaban con sus ruidos, anunciando su
presencia en las copas de los árboles y a lo lejos los perros ladraban en
advenimiento del frío que caí sobre el lugar, busqué acomodo entre los
matorrales y cubierto de algunas hojas grandes me hice a la aventura de
reposar, junto a las sombras de los varejones.
El peligro parecía haber pasado,
amanecí con el sol a mis espaldas, para continuar la travesía. De camino recogí
algunos frutos para despegar mi estómago, que me hacía ruidos por la necesidad.
Así caminé hacia la libertad, con la esperanza de encontrar el sendero, que me
permitiera trasmitir mis experiencias. Había salido con vida. ¿Que me ayudaría,
antes de entrar al olvido y con la deficiencia de la voz?, Con el uso de la
pluma contaría mis vejámenes y mi paso por la ignominia.
Cinco años antes había iniciaba mis
primeros pasos en la escuela, no me costó aprender las letras, transcurriendo
con buenas notas, en los grados que había aprobado. Iniciando el último grado
de primaria, conocí y me enamoré de la Maritza, patoja de la escuela también cursaba el
sexto grado. Me levantaba temprano y
sin comer bocado me iba a poner cerca de la puerta del establecimiento, con tal
de verla, tan solo me alcanzaba para saludarla, ella ni alzaba la vista y no se
dignaba verme. El maestro también se asomaba temprano, cuando me encontraba, me
saludaba y con palmadas en la espalda me invitaba a charlar en el salón.
Siempre andaba con un par de libros, en su morral Momosteco, yo quería saber de
su experiencia para cantinear, para aplicarlo a mi necesidad de hablar con la
chica mi compañera, El profe era pilas, tenía en la punta de la lengua las
respuestas para todo, pero siempre terminaba por parlotear, lo relacionado a la
igualdad, las necesidades de los pobladores y los derechos a la educación. A
mis 14 años, me gustaba cuando se ponía a contar sobre las aventuras como
estudiante de Ciencias sociales en la Universidad, donde asistía los fines de semana.
Aunque yo le sacara cada vez que podía el tema de la Maritza, me decía un par
de cosas como, enfrentala y decile que querés que sea tu amiga. Cosa difícil
para mí. Siempre me sacaba de onda prefería
estar hablando del Che Guevara, del proletariado, de la revolución Cubana, etc.
Ese principio de año le fui a buscar a
la escuela, el maestro tenía nuevo look, dejándose la barba, estaba mas flaco
que de costumbre, lo consideraba mi amigo por lo que fui a buscarlo al inició de las inscripciones en
el establecimiento donde nos habíamos conocido, siempre jovial, charlando de
los viajes en sus vacaciones y las aventuras con los compas. Le saludé a la
distancia.
--- Que tal vos José
de los Santos, como te va…..ya cayó la Maritza --- lanzando una carcajada que me hizo
sonrojar.---
--- Hummm...…!,
todavía no.--- y le seguía la chanza --- jajajaja. --- como está maestro, que bueno es verlo, como le va?.---
---Nada de
maestro, compañero Horacio, acaso no somos cuates pues?.---
Me sentí incómodo de momento, pero se
acercó a mí y me dio un apretón de manos, como era su costumbre me instaló
algunas palmadas en la espalda y me invitó a sentarme a charlar. Ese año me
tocaba pasar al instituto de secundaria, iniciando otra etapa en mi vida.
--- Cuéntame que
es de tu vida, te vas a la
Prevocacional...
--- Si, le voy a
hacer ganas….
--- Mirá manito,
es lo mejor ya van a venir los socialistas y lo único que no te podrán quitar
es lo que tenés en tu cabeza, el conocimiento….--- y luego me reinició el
discurso de igualdad, de la lucha de clases, que se veía venir la insurgencia, que
todos deberíamos estar del lado del proletariado.
Ha veces me mareaba con sus pláticas,
pero en el fondo tenía razón, mis padres jamás habían pasado de zope a gavilán,
siempre los había explotado y todo porque nunca había asistido a la escuela,
que sabía los viejos de derechos, les pagaban lo que se les venía en gana y
sobrevivían con miseria y desigualdad. Cuando llegaba el punto que me hacía que
se me subiera la sangre a la cabeza, me alteraba y me sacaba el apellido en
contra de las autoridades. Allí era cuando me incitaba con el estribillo de “A
lo mejor vos sos el llamado a levantar y guiar a tus compañeros, hermanos a un
levantamiento armado por la
Patria”?.
En
cierta ocasión me invitó a visitar, la capital y fuimos a su casa donde en una
reunión de amigos fui presentado como un joven con amplio criterio y capaz de
participar en la consecución de ideales. No estaba totalmente convencido de lo
que me estaba metiendo, pero el gusano de la aventura me inclinó o, quizás no
quedar mal con el amigo y maestro.
Me percaté de la situación, en el
momento en que me llevaron a un cuarto en la trastienda de la casa, donde
impresionaba una fotografía gigante del Che Guevara, con un rótulo que rezaba
en la Lucha
armada, recortes que colgaban en la pared donde se hablaba de las actividades
bélicas de las columnas guerrilleras de la ORPA.
Los sitios de adoctrinamiento y la enseñanza del manejo de
las armas, un mapa de la Isla
de Cuba, un armario lleno de libros de tinte revolucionario y de pronto como
chispado adolescente, me picaban las manos por aprender, el uso de armas, al
menos tener en mis manos un fusil.
Empecé a viajar con mayor constancia
hacia el lugar y me retiré de los estudios, hasta en convertirme en una pieza
de un rompecabezas, que me llevó a cambiar mi vida, cuando empecé la
participación en los campamentos y en
acciones bélicas en pequeña escala en las montañas.
Le perdí la pista a mi iniciador, que
al moverse en otros círculos y en otras actividades, yo era como la fuerza de
tarea en el monte, hasta me bautizaron con el nombre de Comandante Remigio,
como jefe de una célula importante de
los batallones del Nor-oriente de la república. Buena fue la experiencia,
aprendí a sobrevivir en la selva, a pasar hambre, a defenderme y a MATAR!
Me entró frustración cuando después de
una refriega, di muerte a un “enemigo” un ser humano, eso me conmovió, el cargo
de conciencia, no pude abandonar la idea, aunque dentro de los mismos
compañeros me daban soporte diciendo.
--- Es que si no
lo haces, el muerto serías vos….
Llegué a pensar si con las muertes de
ambos frentes, resolverían los problemas estructurales de este país, me quedaba
siempre con las dudas, me enfrentaba además al sentimiento que me producía el
ver caer muertos a la par mía, patojos
que sin tanta experiencia eran masacrados por las huestes del ejercito.
Con un motón de pensamientos
encontrados, después de un tiempo, creo entré en la madures, ya no me
encontraba tan afecto a las situaciones, aunque no lograba ver una luz al final
del camino. Me había metido a esto, para bien o para mal, sabiendo que la
mentada lucha armada era para largo, sin final feliz o supervivencia. En muchas
ocasiones corrí con exagerada suerte, salvado como gato panza arriba de ser
muerto o capturado en las acciones urbanas de la guerrilla.
Vi llegar el día, cuando de manos del
comandante Horacio, me fue encomendado el escuadrón, era un ascenso dentro de
las filas. Lo que me comprometía mas de la cuenta.
--- Comandante
Remigio, desde que te conocí yo sabía que vos eras el hombre para dirigir esta
lucha, como tu amigo reconozco tu lealtad y las agallas que le has puesto a tu
labor y ahora serás el comandante de esta fuerza… HASTA LA VICTORIA…!---
Me fue comisionada, la tarea de
levantar la lucha en las regiones del altiplano Occidental y el reclutamiento
de personal, cosa bastante difícil por que ya no era por convicción, la
juventud ya no tan fácilmente se dejaba llevar por los discursos y la doctrina,
muchos fueron llevados a la fuerza, cosa que no fue la mas adecuada..
Cometí un gran error, después de cinco
años de mis aventuras, volví a mi casa, donde me entere que mi padre, había sido apresado, por los escuadrones del
ejército, quienes le habían, torturado, muerto y luego abandonado en el río
Motagua, que culpa tenía el viejo de mis andanzas, mi madre había ido a parar en casa de unos
familiares, quienes la cuidaban, enferma y diabética, se encontraba confinada a
una cama donde ya solo las oraciones a Dios, la mantenían con vida. Pueblo
pequeño, infierno grande, alguien, me chilló, de allí surgió la mas implacable
persecución, que me hizo saltar de pueblo en pueblo hasta estar de regreso a la
montaña. Mi regreso a la actividad se vió interrumpida por los constantes
asedios a que fui sometido. Mis correligionarios empezaron a sentir la presión
de los grupos gubernamentales que me seguían la pista.
Fuimos emboscados y perdí varios
hombres en una escaramuza, que estaba dirigida a cortarme la cabeza, escape de
milagro, el apoyo logístico del movimiento se vio disminuido cuando las
acciones que se me encomendaron se vieron interrumpidas por los constantes
golpes a mis columnas. Me tenían en la mira, los ojos tras mis espaldas y cada
movimiento era vigilado, era medido por la inteligencia militar, hasta que se
llegó el día.
Comisionados a poner en activo un
puesto de asalto junto a la carretera, en la cumbre de Santa Elena, camino a
Cobán, nos vimos sorprendidos por un contingente de soldados, apoyados por
artillería pesada y fuerzas de aire. Los helicópteros nos cayeron de la nada y
se produjo un enfrentamiento, que diezmó mi grupo, se me capturó con unos de
mis compañeros y el resto fueron masacrados inmisericordemente.
Engrilletado de manos y piernas, con
capuchas sobre la cabeza, fui trasladado a lo que yo creí era una zona militar,
allí empezó el suplicio. Fui vapuleado, durante los interrogatorios los
mancebos me introdujeron en una pileta hasta
provocarme asfixia por inmersión. Y que querrían saber, de mis
actividades, de mis acciones, de mis ideales, no lo se la estructura de células
no permitía tener el conocimiento de las actividades de otros grupos, ni mucho
menos de los cabecillas.
Eso fue de diario y por largo tiempo,
cuando se cansaban de golpearme y torturarme, me tiraban como bulto en las
bartolinas mal olientes, rápidamente empecé a perder peso, hasta convertirme en
un saco de huesos. Así fue como en una ocasión fui llevado a la sala de
confesiones, donde recibí un golpe con una varilla de metal en el gaznate,
perdí el conocimiento y la fui a tener a la enfermería, por lo que pude ver era
que había perdido sangre, los sonidos guturales prevenientes de mi garganta
hacía ver que algo me había roto algo y destruido las cuerdas bucales.
Durante mi estancia, escuche noticias
que los cuerpos de Derechos humanos, Amnistía Internacional, buscaban
denodadamente a los presos políticos y a los guerrilleros caídos en manos de
los comandos militares. Yo era una celebridad, junto al Comandante Pancho, los
hermanos Sosa, otros miembros de la elite de la insurgencia, a quienes se les buscaba
con orden judicial en todos los cuarteles de la república.
Me enteré además que por una supuesta
confesión de los detenidos, había aprovechado la capturar a gran cantidad de
personas, a quienes en juicios sumarios y en tribunales de fuero especial, les
había pasado por las armas. Entendí entonces porque me había dejado vivo, para
ser un chivo expiatorio y orientar a la opinión de que de alguna manera se me
había señalado de soplón. Quizás por eso me quedé sin habla, para completar la
estrategia de no poder emitir palabra para defenderme. Pero aún asi fui
devuelto a las bartolinas a purgar mis ideales, las golpizas fueron cada vez
menos frecuentes, me había vuelto un modelo de práctica de los esbirros, que
gozaban con hacerme daño.
Asi fue como sobreviví por no se
cuantos años, cada vez que se escuchaba algo relacionado a desaparecidos, se
recordaban de mi me aporreaba, me golpeaban, lastimándome sin matarme, para no
hacer de mi un mártir.