Naciste
dentro del taller de los muñecos, del corazón de pino, cortado y cepillado con
arte, el diligente carpintero forjó tu estilizado cuerpo instalando una
tapadera como asiento en tu lomo plano, los pedales eran palos como de escoba,
cortitos que sobresalían de tus patas delanteras, bien decoradas con sus
cascos; tu pintada cara se enlistaban, agarradas de la nariz, dos correas pasando
sobre las orejas, asemejaban los frenos. Los estribos aunque dibujados se
enseñaban en los lados de la panza. La prolongación de tu cuerpo finalizaba con
la cola hecha de tuza rayada y pintada de negro, eras todo un corcel de
fantasía.
Te
llevaron a casa con un moño en el pescuezo, como el regalo de cumpleaños del yo
infante. Cuando desperté ese día fue como la respuesta a mis inquietudes de
jinete. El primer intento fue de salir de paseo, aunque únicamente se
balanceaba de atrás para delante, pero mi cándida imaginación hacía verme en
las praderas de aventura o en las carreras de la ilusión.
--- Paca, Paca…--- gritaba. Mis
padres me hacían eco de las porras lanzadas.
Detrás
de mis hermanos, los vecinos se acordonaban para darle paso a un
alegre colaso en mi corcel, mi caballo pinto, que me hacía sentir celos cuando alguien
lo montaba y lo trotaba con desgano, después de una rabieta lo tomaba de las
riendas y lo escondía bajo mi cama.
Grandes
proezas promovía con él, de vaqueros y de indios, soldados de caballería e hipódromos
de velocidad. Junto a mi sombrero de paja, mi pistola de fulminantes, me
imaginaba un de esos héroes de las
películas de oeste gringo.
--- Arre, arre, caballo bayo….
Así
fui creciendo, cada vez te vi. mas pequeño, los pies me quedaban mas largos que
los pedales, principiaba a aburrirme de los bamboleos de mecedora en el
pasado me fascinaba. Mis intereses variaron y el caballo llegó a formar parte
de los muebles escondídos en una esquina de mi habitación, a veces de
perchero donde lanzaba mi gorra o tiraba algún pantalón para la
lavandería, así fue como se vio en el abandono, empolvado viejo y olvidado.
El
que nunca se detiene el tiempo y la edad, pasaron a tener otros propósitos en
mi persona, de pronto cuando regresaba por las noches de mis estudios
universitarios, te miraba allí triste y abandonado, despintado de muchos
lugares, lo que era tu cola casi había desaparecido y las mecedoras a sus
patas les faltaban partes. Imaginaba los tiempos de felicidad mas grande había
gozado, pero bueno eso no impidió que fuera enviado por desuso al cuarto de
chunches viejos, sustituido por la bicicleta, si mi rocinante de acero. Con
ella viajaba por las calles y me llevaba a mi centro de estudio, hasta para ir
a darle unas vistas a las muchachas.
Con
el transcurso de la vida, cuando me gradué de padre, recordé de mi niñez,
regresando al pasado fui a buscarte en la bodega, allí estabas, ahora eras un
vetusto conjunto de tablas y pinturas, mi caballo de madera, desconchinflado y
parcialmente roto, te tomé cordialmente y te hice reparar con el antiguo carpintero,
él lleno de pasiencia y alegría, te remendó la cola, te cambió las partes
destruidas hasta convertirte en el bello corcel de mis recuerdos.
Te
coloqué en el centro de la sala y como antes con una moña ensortijada en la
cabeza te hice entrega a mi hijo.
El
niño se te quedaba viendo, no se atrevía a montarte, luego me retornaba la
mirada sin ofrecerme una aprobación.
--- Oye papá, ¿Qué se supone que es
esto?---
---Es un caballo…---
---Parece un caballo…. Y dime, que
hace?---
--- Pues, se mece, una vez tu te
subes a él, le mueves para adelante y para atrás, y…!
--- Donde lo enciendes?.--- subió
entonces a tu lomo y trató de movilizarte como habían sido las instrucciones.
Lo
desmontó colocándose frente él, moviendo su cabeza hacia los lados y con sus
manos en la cintura, presto en cólera le propinó una fuerte patada, lo hizo
caer estrepitosamente.
--- AY…! Papá, este es caballo, pero
ya debe de estar viejo, tanto como tú…, a lo mejor ya no sirve, no quiere caminar, no sería mejor
si lo dejas simplemente de adorno.---
El
niño se alejó. Recogí el pedazo de madera y te coloque de nuevo en la esquina
del cuarto, era mi querido caballo de madera, condenado estaba a pasar a formar
parte de la leña. Te abrace como cuando era pequeño, el me había dado
tantas alegrías, al tener tu hocico junto a mi cara, vi. aparecer una lágrima
que brotaba de su ojo.
Quizás
mi caballito también tenía corazón.
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