miércoles, 16 de enero de 2013

CABALLO DE MADERA



          Naciste dentro del taller de los muñecos, del corazón de pino, cortado y cepillado con arte, el diligente carpintero forjó tu estilizado cuerpo instalando una tapadera como asiento en tu lomo plano, los pedales eran palos como de escoba, cortitos que sobresalían de tus patas delanteras, bien decoradas con sus cascos; tu pintada cara se enlistaban, agarradas de la nariz, dos correas pasando sobre las orejas, asemejaban los frenos. Los estribos aunque dibujados se enseñaban en los lados de la panza. La prolongación de tu cuerpo finalizaba con la cola hecha de tuza rayada y pintada de negro, eras todo un corcel de fantasía.
          Te llevaron a casa con un moño en el pescuezo, como el regalo de cumpleaños del yo infante.  Cuando desperté ese día fue como la respuesta a mis inquietudes de jinete. El primer intento fue de salir de paseo, aunque únicamente se balanceaba de atrás para delante, pero mi cándida imaginación hacía verme en las praderas de aventura o en las carreras de la ilusión.
--- Paca, Paca…--- gritaba. Mis padres me hacían eco de las porras lanzadas.
          Detrás de mis hermanos, los vecinos se acordonaban para darle paso a un alegre colaso en mi corcel, mi caballo pinto, que me hacía sentir celos cuando alguien lo montaba y lo trotaba con desgano, después de una rabieta lo tomaba de las riendas y lo escondía bajo mi cama.
          Grandes proezas promovía con él, de vaqueros y de indios, soldados de caballería e hipódromos de velocidad. Junto a mi sombrero de paja, mi pistola de fulminantes, me imaginaba un de esos héroes  de las películas de oeste gringo.
--- Arre, arre, caballo bayo….
          Así fui creciendo, cada vez te vi. mas pequeño, los pies me quedaban mas largos que los pedales, principiaba a aburrirme de los bamboleos de mecedora en el pasado me fascinaba. Mis intereses variaron y el caballo llegó a formar parte de los muebles escondídos en una esquina de mi habitación, a veces de perchero donde lanzaba mi gorra o tiraba algún pantalón para la lavandería, así fue como se vio en el abandono, empolvado viejo y olvidado.
          El que nunca se detiene el tiempo y la edad, pasaron a tener otros propósitos en mi persona, de pronto cuando regresaba por las noches de mis estudios universitarios, te miraba allí triste y abandonado, despintado de muchos lugares, lo que era tu cola casi había desaparecido y las mecedoras a sus patas les faltaban partes. Imaginaba los tiempos de felicidad mas grande había gozado, pero bueno eso no impidió que fuera enviado por desuso al cuarto de chunches viejos, sustituido por la bicicleta, si mi rocinante de acero. Con ella viajaba por las calles y me llevaba a mi centro de estudio, hasta para ir a darle unas vistas a las muchachas.
          Con el transcurso de la vida, cuando me gradué de padre, recordé de mi niñez, regresando al pasado fui a buscarte en la bodega, allí estabas, ahora eras un vetusto conjunto de tablas y pinturas, mi caballo de madera, desconchinflado y parcialmente roto, te tomé cordialmente y te hice reparar con el antiguo carpintero, él lleno de pasiencia y alegría, te remendó la cola, te cambió las partes destruidas hasta convertirte en el bello corcel de mis recuerdos.
          Te coloqué en el centro de la sala y como antes con una moña ensortijada en la cabeza te hice entrega a mi hijo.
          El niño se te quedaba viendo, no se atrevía a montarte, luego me retornaba la mirada sin ofrecerme una aprobación.
--- Oye papá, ¿Qué se supone que es esto?---
---Es un caballo…---
---Parece un caballo…. Y dime, que hace?---
--- Pues, se mece, una vez tu te subes a él, le mueves para adelante y para atrás, y…!
--- Donde lo enciendes?.--- subió entonces a tu lomo y trató de movilizarte como habían sido las instrucciones.
          Lo desmontó colocándose frente él, moviendo su cabeza hacia los lados y con sus manos en la cintura, presto en cólera le propinó una fuerte patada, lo hizo caer estrepitosamente.
--- AY…! Papá, este es caballo, pero ya debe de estar viejo, tanto como tú…, a lo mejor ya  no sirve, no quiere caminar, no sería mejor si lo dejas simplemente de adorno.---
          El niño se alejó. Recogí el pedazo de madera y te coloque de nuevo en la esquina del cuarto, era mi querido caballo de madera, condenado estaba a pasar a formar parte de la leña. Te abrace como cuando era pequeño, el me había dado tantas alegrías, al tener tu hocico junto a mi cara, vi. aparecer una lágrima que brotaba de su ojo.
          Quizás mi caballito también tenía corazón.


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