El
niño permanecía sentado a la orilla de su cama, con los brazos cruzados sobre
su panza, sudaba copiosamente, mientras gesticulaba con muecas de dolor de los
retortijones que experimentaba.
--- Vos Guelano, que te pasa, hasta
pálido te ves, porque no vas al baño? --- le dijo su hermano, que además tapaba
su nariz con la mano.---con los aires que te mandas, es como que se te pudrió
algo… dejá de aguantarte y corré.---
---Ugggg!!. Ya me hago. Me acompañás
al escusado.---
--- A poco tenés miedo.---
--- Pos si, vas conmigo….
--- Con tal de que ese tufo se vaya
con vos te llevo.---
Miguel
el mayor de 12 años, se hizo a la salida de atrás de la casucha, que llevaba al
sitio, donde se encontraban los corrales de las aves, que ya para la hora
reposaban en las ramas del almendro. Al
fondo sobre la izquierda había una casuchita de lepa que era donde se
encontraba la letrina.
La
luna había tardado en salir y la oscuridad se manifestaba acompañada de
pequeñas ráfagas de viento. Aureliano con un par de hojas de papel periódico
entró al cuarto, temblando y asustado, por lo que dejó abierta la puerta. La
lámina se movía y producía ruidos en el techo.
--- Ayy!.... Huyyyy…!--- gritó a
todo pulmón el chico. Salió con los calzones en la mano y se fue a refugiar a
la par de su hermano, que le esperaba a corta distancia--- Viste Miguel….
viste!!---
--- Vi que?..., ah!, yo no vi
nada.---Solo miedos sos vos, quien te ha metido en la cabeza eso de los
fantasmas?---
--- De verdad… te juro que vi
algo….---
Abrazados
se retiraron hacia el rancho, de donde por la bendita curiosidad miraban hacia
el fondo del lugar. Una sombra cruzó a
la distancia frente a sus ojos, esto espantó a las gallinas y sacudió las hojas
del plátano a la vecindad del cerco.
Ambos
quedaron estáticos, los perros latían a todo vapor como avisando de alguien
extraño, detrás del Jocote de Corona, justo en el tronco donde se desprende de
la raíz, se mostró una luz de candil, que se inclinaba por el viento y manchaba
con su luz la corteza del árbol. Eso hizo que entraran corriendo a la casa, el
espectáculo había sido evidente. Llegaron hasta donde se encontraba la madre
que con la poca luz que producía la fogata de la cocina, aprovechaba para
desgranar el maíz que serviría para la masa del día siguiente.
--- Hay Mamá…. Hoy si nos espantaron
--- dijo Miguel a quien le temblaban las canillas
--- Si, nos espantaron, si nos
espantaron.--- repitió Aureliano, que son sus ojos grandes desorbitados,
mostraba su temor.
La
señora tomo su trenza que le caía en el regazo y la lanzó hacia la espalda, tranquilamente
terminó su labor con la mazorca, colocó los granos en una pana...
--- Hay patojos, no me digan que
están viendo aparecidos y bultos en este lugar.--- Esas tan solo son leyendas,
historias de aparecidos, de entierros por los antepasados.---
--- Si eso es!...--- aseguró Miguel.
Ya
en una ocasión la vecina había insistido que en los linderos del terreno, se veía
un bulto que representaba un espíritu, que rondaba el lugar. Se decía que cuidaba
el lugar donde algún secreto o tesoro, permanecía enterrada en las cercanías y
que como alma en pena, se presentaba cuando la luna se escondía del miedo y las
lechuzas paseaban en lo alto en su viaje a los barrancos.
Entonces,
los perros se enroscaban debajo de las camas, se sacudían temerosos, esperando
la salida del sol de la mañana para asomar sus narices en el patio. Las
gallinas algunas veces amanecían desplumadas de la cola, mientras las milpas
con todo y elotes recién cortados se les encontraban desordenados tirados en el
suelo.
Los
niños amanecieron sin mucho dormir, a pesar de escuchar los escobazos en el
corredor, que indicaban que la madre ya había madrugado a poner el fuego, no
quisieron abandonar su lecho. Ya los animalitos del corral correteaban,
buscando su alimento, mientras los gallos cantaban el advenimiento del nuevo
día. Al buen rato se dejó escuchar el
arribo de un caballo, cuyo jinete desmontó en la puerta trasera y se acercó.
--- Manuel!, no me vas a creer que
estos patojos, no durmieron, a causa de que dicen que los espantaron
anoche….--- dijo la madre.
--- Ja…. no sería el espanto del
palo de jocote… ja, ja, ja…. Ha patojos mas miedosos.---
--- Patojos, levántense y le viene a
dar el mento a su papa.---
--- Buenos días Papa.--- se
presentaron frente, para que el padre les tocara la cabeza.---
--- Conque los asustaron…..---- si
yo les contara que no es la primera vez, que eso pasa…. En alguna ocasión, me
pasó que después de haber ido a la cama se dejó escuchar un espaviento, de las
gallinas y chillidos del coche, me levanté de carrera y efectivamente, la mula
estaba inquieta y relinchando, logré entonces ver una luz que se movía por el
escusado, me acerqué, pero nada, imagínense, al volver la mula había entrado a
la cocina y cuando la arrié, me percaté que alguien le había hecho una trenza
en la cola.
--- Y que pasó con la bestia.
---preguntó uno de los chicos.
--- Nadie pudo deshacerla y la
terminamos cortando, la dejamos muca!…---
Ya
los celajes estaban anunciando que la tarde se dejaba venir, el sol cerraba los
ojos mientras se escapaba por los cerros, la quietud acompañada de las
chicharras amenizaba el concierto que jugaba con el ambiente y el compás de la
torteada en el comal de la casa.
El
café humeaba frente al fuego, las candelas se chorreaban sobre las panas que se
sostenían en el centro de la mesa, los platos de peltre que rebosaban de frijol
parado y un medio cuarterón de queso que mostraba un pellizco. El muñeco de
tortillas, en forma de torre se bamboleaba cuando una mano tras la otra
descontaban los pishtones, que se convertían en bocados untados de negro.
La
noche se venía encima y el temorcito se hizo presa de los chicos que junto a su
padre, no se despegaban.
--- Ya muchachos, ni que fuera para
tanto, o acaso no son machitos pué…---
Dieron
paso a las horas, la oscuridad se hacía grande, viento volaba golpeando las
ramas, había una sensación de intranquilidad con los animales. La mula se movía
constantemente, dejando escuchar sus estornudos, y el somatar de sus cascos el
cacareo de las aves se hacía cada vez mas frecuente.
Manuel
tomó su linterna y con machete en mano se aventuró al sitio, los chicos junto a
su madre permanecieron en el dintel de la puerta, con el fin de no perderse el
momento. Con paso firme el hombre se condujo por el camino al baño, donde
divisó una pequeña mecha encendida, como de candela al pie del jocote, cuando
estuvo lo suficientemente cerca prendió la lámpara. En ese momento una sombra
se atravesó a su paso que le hizo perder la linterna y todo volvió a la
oscuridad.
--- Quien putas… anda allí? ---
vociferó mientras alzaba amenazante su
machete.
El
frío le recorrió el cuerpo y la piel de gallina le invadió hasta el tuétano,
todo era silencio, al pie del árbol donde había visto la señal, colocó una
estaca dentro de la tierra y volvió de carrera hacia la casa. Entró tan pálido
como un papel, tomó un banco y se sentó junto al fuego. El viento aulló una vez
mas, somatando las ramas de los árboles, mientras las láminas se levantaban
como quien quiere huir de los tejados.
La
mañana se presentó como de costumbre, el ambiente cálido a la salida del
sol, el episodio nocturno no alteró la
vida del corral. Curiosamente la estaca señalaba un lugar bajo la raíz del
árbol, donde al efectuar una excavación fue encontrada una vasija de barro, en
cuyo interior se encontró un pedazo de papel que envolvía un anillo de metal
amarillo, colgado de un dedo anular, mas bien restos de los huesos y polvo,
todo daba la impresión de tratarse de un entierro. La inscripción en la nota
decía:
“quien me quitó el
dedo, sufrirá terror, el que me lo devuelva le daré un tesoro”
Varias
monedas de ORO, de las llamadas BAMBAS, aparecieron dentro de la vasija de
barro, lugar donde se había dejado el requerimiento del aparecido, cerca del
lugar del hallazgo, el trueque se había realizado.
En
las profundidades de la noche mientras el follaje de las ramas de los árboles
se agita con el viento del norte y la luna cuarto creciente se enseña en el
firmamento, una sombra se escapa a la distancia, mostrando el anillo que con la
tenue luz se hace destellos en las manos del espíritu.
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