Es
día de mercado, las vendedoras rodean el pequeño parque de la aldea, las ventas
multicolores le dan un sabor de fiesta al lugar. Los jocotes de pascua están en su tiempo, las verduras, el ejote y
el ichíntal, son los mas requeridos por
los compradores que deambulan por los espacios que dejan los canastos, los manteles
de nylon y las mesas cubiertas de hojas de plátano. Los bultos cargados de
dulce de panela que se acompañan de las abejas en búsqueda del aroma de la
miel, entre otros que soplan para limpiar el frijol, llenando los costales para
encaramarlos a los camiones de los compradores.
Las
niñas acurrucadas, con sus cortes extendidos menesterosos se dedican al
trabajo, de pelar las vainas de la
arbeja, bolitas verdes que depositan en pequeños volcancitos acomodados en las
canastas.
Las de los oficios domésticos, se
agachan para hacer el trato en su lengua natal, comprar, con la balanza en las
manos despachan por libras los granos de maíz, para luego ir a preparar la masa
que luego se vuelven tortillas para el almuerzo; en su tránsito de retorno se acomodan en
una esquina mientras se comen un elote tierno asado, embadurnado de sal y jugo
de limón, para disimular el hambre. Los adolescentes, peinados con moco de
gorila, según la moda, permanecen en la plaza, junto al kiosco del centro, se
ponen de vigilancia para observar a las jovencitas que ya están de merecer y
que se balancean en sus cortes de mágicos estampados en los alrededores,
mostrando sus atractivos para el vení acá.
El clásico sonido del mercado, se
rompe de pronto por el estallido de un cohetillo, al fondo un grupo de paisanos
irrumpe a través de la calle principal, abriéndose paso, con el torito en
hombros empujando a quien se poner enfrente, los canastos de las ventas, son
levantadas, amontonadas hacia las banquetas, para evitar los machuquen. Los cofrades
han tomado posesión de la plaza, la fiesta se pone efervescente, los chicos,
los patojos adolescentes corren haciéndoles círculos alrededor, dejando un espacio para la zarabanda.
Los gritos de los presentes, las apretasones de lo compradores se hace evidente
mientras los moros se dirigen en su baile al centro de la plaza.
El
cura interviene con sus buenos oficios en la fiesta costumbrista y a la vez
religiosa. Saca su cubeta de agua bendita y baña a cuanto feligrés encuentra a
su paso, prodiga bendiciones y cachetea a los muchachitos chorriados que se
acercan.
La
marimba se deja escuchar a todo pulmón, las bombas estallan en todas
direcciones, mientras las viejas santulonas hacen espacio para que el Santo de
la fiesta salga en andas por la puerta de la iglesia, se han regado hojas de
pino como alfombra, la manzanilla y las hojas de pacaya también adornan el
cortejo. Es Jesús, el de la
Burriquita, quien emerge del interior del templo, si es
domingo de Ramos y estamos en los albores de la Semana Mayor, uno que otro
cucurucho vestido de túnica de morado tradicional carga en los costados del
desfile, llevan además los símbolos de la virgen y del patrono del pueblo. Los
acólitos se multiplican con sus trajes rojo, sacudiendo los incensarios para
que despidan cantidades de humo blanco que aromatiza el ambiente
La granadera, es la música que
inunda el solar, la escuálida banda del pueblo compuesta por un saxo, un
clarinete, trombón y redoblante se aposta atrás del anda como empujando la
procesión, para hacer de las delicias de los feligreses que acompañan el cortejo
religiosa en su trayecto por las empedradas calles del centro del poblado.
Aparecen
entonces los viejos cantos mayas que dirigidos hacia el cosmos, en la mezcla
que trasciende con el cristianismo y los dioses Khan, los sahumerios del Pom que
se elevan al cielo junto a las plegarias del Padre nuestro
--- Bon.., Bon.., Bon bon. ---
resuena el Tun, que se hace pasar de compañero sentado en el atrio, llamando a
los fieles para el convite.
---Chirri.., chirri, chirri.—le
responde la chirimía, con el saltito de son que le imprime, su compañero de
música. Iniciando el acto.
Los
instrumentos autóctonos se prestan a engalanar el atrio de la iglesia que se dispone
a escenificar la danza de los Moros, asemejando la conquista de los pueblos
indígenas. El grupo de baile de máscaras de color rosado encendido y canelones
canches como pelo de maíz tierno, representando a los caballerangos venidos de
la vieja España. Los demás los de las caras negras de facciones arabescas, los
conquistados con sus vestidos de dorados encendidos que reflejan su simpatía
tras los pañuelos de colores que bailan al son de los machetes que raspan la
loza del escenario, que rodeada de los ischocos, que brinca y gritan al paso de
los danzarines, cuidando los pies para que el filo de las espadas no les barran
el caite, corren, se aglomeran y se disipan según la música y el ritmo.
Las
banderitas de papel de china se mueven a favor del viento, mostrando su
algarabía, en el tránsito de la calle que lleva a las tres gradas del atrio
frontal de la iglesia.
--- Abran paso….. Abran paso.---
gritan los cofrades.--- La presesión anuncia su retorno.---
Los
cohetes de vara, se chiflan rumbo al cielo para hacer el estruendoso estallido
en las nubes, las bombas de tubo escupen fuego para anunciar el próximo trueno.
La
banda en cansada armonía toca “El Mishito”, sonesito tradicional que recuerda
la infancia de muchos y anima a los cargadores a terminar su faena junto al
portal de la parroquia, las nubes de incienso se arremolinan frente al anda,
como señal de despedida de la actividad, hasta el año entrante, hasta el otro
domingo de ramos.
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